El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.44
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-Con mis amigos nunca cuento las batallas ni los años.
-Y obráis cuerdamente; pero yo hago algo más que querer al señor de La Fere, le venero.
-Pues a mí me place más el señor de D´Artagnan. ¡Qué buen bebedor! A lo menos uno puede leer en el pensamiento de hombres como el capitán.
-Baisemeaux, emborrachadme esta anoche, echemos una cana al aire como en otros días, y si tengo alguna pesadumbre en el corazón, os juro que la veréis como veríais un diamante dentro de vuestro vaso.
-Bravo, -dijo Baisemeaux escanciándose un buen porqué de vino y trasegándolo en su estómago mientras se estremecía de gozo al ver que iba a ser partícipe de algún pecado capital del obispo.
Mientras el gobernador bebía. Aramis escuchaba con la mayor atención el ruido que subía del patio.
Como a las ocho y al llegar a la quinta botella, entró un correo con grande estrépito, pese a lo cual nada oyó el gobernador.
-¡Cargue el diablo con él! -exclamó Aramis.
-¿Qué pasa? -preguntó Baisemeaux. -supongo que no os referís al vino que bebéis ni a quien os lo da a beber.
-No, es un caballo que por sí solo mete tanto ruido en el patio como pudiera hacerlo un escuadrón entero.
-Será algún correo, -dijo Baisemeaux bebiendo a más y mejor. -Tenéis razón, cargue con él el diablo, y pronto, para que no volvamos a oír hablar de él.
-Os olvidáis de mí, Baisemeaux; mi vaso está vacío, -dijo Aramis mostrando el suyo.
-Palabra que me dais el mayor placer... ¡Francisco!... ¡vino!
-Está bien, señor, -dijo Francisco;... -pero... ha llegado un correo...
-Que se lo lleve el diablo.
-Sin embargo, señor...
-Que lo deje en la escribanía; mañana veremos. -Y canturreando añadió: -Mañana será de día.
-Señor, -tartamudeó el soldado Francisco bien a su pesar.
-Cuidado con lo que hacéis, Baisemeaux, -repuso Aramis.
-¿Y de qué he de tener yo cuidado? -exclamó el gobernador, algo más que alegre.
-A veces las cartas que llegan por correo a los gobernadores de ciudadela, son órdenes.
-Casi siempre.
-¿No proceden de los ministros las órdenes?
-Sí; pero...
-¿Y no se limitan los ministros a refrendar la firma del rey? -Puede que tengáis razón. Con todo eso no deja de ser enojo, so, cuando uno está sentado al una mesa bien servida y en compañía de un amigo... Perdonad, caballero, se me había olvidado que soy yo quien os he convidado al mi mesa y que hablo con un presunto cardenal.
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