El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.43
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El gobernador no estaba acostumbrado a las familiaridades de su grandeza monseñor de Vannes, y aquella noche, Aramis, que se había puesto un tanto alegre, hacía confidencia tras confidencia. El prelado se convirtió casi en mosquetero, y tocó los límites de la desenvoltura. Respecto de Baisemeaux, se entregó en cuerpo y alma y con la facilidad de las gentes vulgares, a la momentánea llaneza de su comensal.
-Caballero -exclamó el gobernador, -y perdonad que así os llame, pues en verdad esta noche no me atrevo a llamaros monseñor.
-No, llamadme caballero, -repuso Aramis; -traigo botas. -Pues bien, caballero, ¿sabéis a quién me recordáis esta noche:
-No, -respondió Aramis escanciándose vino, -pero supongo que a un buen comensal vuestro.
A dos me recordáis... dos personas, una de ellas muy ilustre, el difunto cardenal, el gran cardenal, el de Rochela, el que llevaba botas cual vos. No es verdad?
-Lo es, -respondió Herblay. -¿Y la otra?
-La otra es cierto mosquetero muy garrido, muy valiente, tan atrevido cuanto afortunado, que ahorcó los hábitos para hacerse mosquetero, y luego dejó la espada para hacerse cura. -Y al ver que Aramis se dignaba sonreírse, se alentó a añadir: Y de cura se hizo obispo, y de obispo...
-¡Alto ahí! -dijo Herblay.
-Os digo que me parecéis un cardenal.
-Basta, basta, señor de Baisemeaux. Vos mismo habéis dicho que calzo botas de caballero; pero ni aun esta noche, y pese a mis botas, quiero enemistarme con la Iglesia.
-Sin embargo, alentáis malas intenciones. –
-Malas como todo lo mundano.
-¿Recorréis calles y callejuelas enmascarado?
-Sí.
-¿Y continuáis esgrimiendo la espada?
-Sólo cuando me obligan a ello. Hacedme la merced de llamar a Francisco.
-Ahí tenéis vino.
-No es para eso, sino porque aquí hace calor y la ventana está cerrada.
-Cuando ceno mando cerrarlas todas para no oír el paso de las rondas o la llegada de los correos.
-¿Conque se les oye cuando la ventana está abierta?
-Clarísimamente, y eso me molesta.
-Pero uno se ahoga aquí... ¡Francisco!
-¿Señor?
-Hacedme el favor de abrir la ventana, -dijo Aramis. -Con vuestro permiso, señor de Baisemeaux.
-Monseñor está aquí en su casa, -respondió el gobernador. -Decidme, os encontraréis solo ahora que el señor conde de La Fere se ha vuelto a sus penates de Blois. Es amigo muy antiguo, ¿no es verdad?
-Lo habéis tan bien como yo, pues fuisteis mosquetero con nosotros, -respondió Aramis.
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