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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.41

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Moliere, se había encargado de ordenar que engancharan, mientras Herblay iba a ver al superintendente para ponerse de acuerdo con él.
-¡Cómo ríen arriba! -dijo Fouquet exhalando un suspiro.
-¿Y vos no os reís, monseñor?
-Ya se acabó para mí el reír, señor de Herblay.
-La fiesta se acerca.
-Y el dinero se aleja.
-¿No os he dicho y repetido que eso corría de mi cuenta?
-Me habéis ofrecido millones.
-Estarán en vuestro poder al día siguiente de la entrada del rey en Vaux.
Fouquet dirigió una escrutadora mirada a Aramis, y se pasó una helada mano por su humedecida frente. Aramis comprendió que el superintendente dudaba de él, o conocía la imposibilidad en que se hallaba de hacerse con dinero; porque, ¿cómo podía Fouquet suponer que un pobre obispo, antiguo cura, antiguo mosquetero, lo hallase?
-¿Por qué dudáis? -preguntó Aramis. Y al ver que el superintendente se limitaba a sonreírse y a mover la cabeza, añadió: -¡Hombre de poca fe!
-Mi querido señor de Herblay, -repuso Fouquet, -si caigo...
-¿Qué?
-A lo menos caeré de tan inmensa altura, que en mi caída me desmenuzaré. -Y moviendo la cabeza como para sustraerse a sí mismo, preguntó: -¿De dónde venís, mi buen amigo?
-De París. -¡Ah!
-De casa de Percerín.
-¿A qué habéis ido a casa de Percerín? Porque supongo que no dais una importancia tan grande como eso a los trajes de nuestros poetas.
-Me ha llevado a casa de Percerín el deseo de proporcionar una sorpreesa.
-¡Una sorpresa! ¿Qué es ello?
-Una sorpresa que vais a dar al rey.
-¿Costará cara?
-¡Bah! cien doblones para Le Brun.
-¿Una pintura? Me alegro. Pero ¿qué debe representar la pintura esa?
-Ya os lo diré luego. De paso, y por más que digáis, he inspeccionado los trajes de nuestros poetas.
-¿Son elegantes, ricos?
-Magníficos; pocos grandes señores los ostentarán parecidos. Así se verá la diferencia que va de los cortesanos de la riqueza a los de la amistad.
-¡Agudo y generoso como siempre, mi querido prelado!
-Pertenezco a vuestra escuela.
-¿Y adónde vais ahora? -preguntó Fouquet estrechando la mano de Herblay.
-A parís en cuanto me dais una carta.
-¿Para quién?
-Para Lyonne.
-¿Qué deseáis de Lyonne?
-Un auto.
-¡Un auto! ¿Queréis encerrar a alguien en la Bastilla?
-Al contrario, quiero que salga de ella cierto individuo.
-¿Quién?
-Un pobre diablo, un joven, un niño que está encerrado va ya para diez años por haber escrito dos versos latinos contra los jesuitas.


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