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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.38

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-Vuestra Alteza me colma de satisfacción al suponer que yo he traído cuanto acaba de manifestar.
Dichas estas palabras, Aramis se acercó a la puerta y llamó a ella con los nudillos.
Casi inmediatamente después el carcelero abrió, acompañado del gobernador, quien, devorado por la inquietud y el temor, empezaba a escuchar a la puerta del calabozo.
Por fortuna ninguno de los dos interlocutores se había olvidado de bajar la voz, aun en los más impetuosos arranques de la pasión.
-¡Qué confesión tan larga! -dijo Baisemeaux haciendo un esfuerzo para reírse. -¿Quién dijera que un recluso, un hombre poco menos que difunto, pudiese haber cometido tantos y tan largos pecados?
Aramis guardó silencio. No veía el instante de salir de la Bastilla, de la que aumentaba en tercio y quinto el peso de las murallas el secreto que lo abrumaba.
-Hablemos de negocios, mi querido gobernador, -dijo Aramis así que hubo llegado al aposento de Baisemeaux.
-¡Ay! -exclamó por toda respuesta el gobernador.
-¿No tenéis que pedirme mi recibo por ciento cincuenta mil libras? -dijo el prelado.
-Y pagar el primer tercio de ellas. -añadió el pobre gobernador exhalando un suspiro y adelantando tres pasos hacia su armario de hierro.
-Aquí está el recibo, -dijo Aramis.
-Y aquí está el dinero, -repuso Baisemeaux lanzando una sarta de suspiros.
-La orden sólo me ha dicho que os entregara un recibo de cincuenta mil libras, -dijo Herblay, -no que yo cobrase dinero. Adiós, señor gobernador.
Aramis salió, dejando a Baisemeaux más que sofocado por la sorpresa y la alegría, en presencia de aquel regalo regio hecho con tal desprendimiento por el confesor extraordinario de la Bastilla.

LA COLMENA, LAS ABEJAS Y LA MIEL

Después de su visita a la Bastilla y a toda prisa llegó a San Mandé el obispo de Vannes.
Toda la parte izquierda del piso primero estaba destinada a los epicúreos más célebres de París y al los más familiares de la casa, ocupados cada cual en su puesto, como abejas en sus alvéolos, en producir una miel destinada al panal real que Fouquet pensaba servir a Su Majestad durante las fiestas.
Pelissón, meditaba el prólogo de los «Importunos», comedia en tres actos que debía hacer representar Mojiere; Loret escribía anticipadamente la crónica de las fiestas de Vaux; La Fontaine iba de uno en otro, como de flor en flor las abejas, distraído, incómodo, insoportable, zumbando y susurrando a la espalda de cada uno mil impertinencias poéticas.


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