El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.37
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-Vuestra alteza quedará libre de hacer lo que más le plazca; perdone si bien le parece, una vez haya castigado.
-Está bien. Y ahora dejad que os diga que no volveré a escucharos sino fuera de la Bastilla.
-Iba a decir a Vuestra Alteza que sólo me cabría la honra de veros una vez más.
-¿Cuándo?
-El día que mi príncipe salga de este lúgubre recinto.
-Dios os escuche. ¿De qué manera me avisaréis?
-Vendré por vos.
-¿Vos mismo?
-No salgáis de este aposento sino conmigo, monseñor, y si en mi ausencia os compelen a ello, recordad que no será de mi parte.
-¿Luego sobre el particular no debo decir palabra a persona alguna más que a vos?
-Unicamente a mí, -respondió Aramis inclinándose y asiendo la mano que le tendió el preso.
-Caballero, -dijo el cautivo afectuosamente. -Si habéis venido para devolverme el sitio que dios me había destinado al sol de la fortuna y de la gloria: si, por vuestra mediación, me es dado vivir en la memoria de los hombres, y honrar mi estirpe con actos gloriosos o por el bien que haya hecho a mis pueblos, si, desde la tristísima situación en que languidezco, subo a la cumbre de los honores, sostenido por vuestra generosa mano, compartiré mi poder y mi gloria con vos, a quien bendigo, a quien doy de todo corazón las gracias. Y aun quedaréis poco pagado; siempre será incompleta vuestra parte, porque nunca conseguiré compartir con vos toda la dicha que me habéis proporcionado.
-Monseñor, -dijo Aramis, conmovido ante la palidez y el arranque del preso, -la nobleza de vuestra alma me colma de gozo y de admiración. No os toca a vos darme las gracias, sino a los pueblos de los cuales labraréis la dicha, a vuestros descendientes, a quienes haréis ilustres. Es verdad, monseñor, me deberéis más que la vida, pues os habré dado la inmortalidad.
El cautivo tendió la mano al Aramis, y al ver que éste se la besaba de rodillas, lanzó una exclamación de seductiva modestia.
-Es el primer homenaje prestado a nuestro futuro rey, -dijo el prelado. -Cuando vuelva a veros, os diré: «Buenos días, Sire».
-Hasta aquel momento no más ilusiones, no más luchas, porque mi vida se quebrantaría, -exclamó el joven llevándose al pecho sus blancos y flacos dedos. -¡Oh! ¡qué pequeño es este calabozo, qué baja esa ventana, qué estrechas esas puertas! ¿Cómo puede haber pasado por ellas, cómo puede haber cabido aquí tanto orgullo, tanta felicidad, tanto esplendor?
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