El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.35
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-Por debilidad; lo cual equivale siempre a la traición en los príncipes.
-¿No puede uno sucumbir por incapacidad, por ignorancia? ¿Estimáis vos que un pobre cautivo como yo, no solamente educado lejos de la corte, mas también de la sociedad, pueda ayudar a los amigos que intentaren salvarlo?
Y en el instante en que Aramis iba a responder, el joven exclamó de improviso y con ímpetu, que reveló el ardor de su sangre: -Sí, hablamos de amigos; pero ¿a título de qué tendría yo amigos, cuando no hay quien me conozca, y, para agenciármelos, no tengo libertad, dinero, ni poder?
-Ya he tenido la honra de ofrecerme a Vuestra Alteza Real, -dijo Aramis.
-No me deis ese calificativo; es una irrisión o una crueldad. ¿Para hablarme de grandeza, de poder y aun de realeza debíais escoger una prisión? Queréis hacerme creer en el esplendor, y nos ocultamos en las tinieblas. Me ensalzáis en la gloria, y ahogamos nuestras palabras bajo las colgaduras de esta cama. Me hacéis vislumbrar la omnipotencia, y oigo en el corredor los pasos del carcelero, pasos que os hacen temblar a vos más que no a mí. Para que sea yo menos incrédulo, arrancadme de la Bastilla; dad aire a mis pulmones, espuelas a mis talones, una espada a mi brazo, y empezaremos a entendernos.
-Ya es mi intención daros todo eso, y más, monseñor; pero ¿lo queréis vos?
-No he acabado todavía. -repuso el joven. -Sé que hay guardias en todas las galerías, cerrojos en todas las puertas, cañones y soldados en todos los rastrillos. ¿Cómo venceréis vos a los guardias? ¿cómo clavaréis los cañones? ¿Con qué romperéis los cerrojos y los rastrillos?
-¿Cómo ha llegado a vuestras manos el billete en el cual os he anunciado mi venida, monseñor?
-Para un billete basta sobornar a un carcelero.
-Pues quien dice un carcelero, dice diez. Admito que sea posible arrancar de la Bastilla a un pobre preso, que lo escondan en sitio donde los agentes del rey no puedan tomarlo, y que nutran convenientemente al desventurado en un asilo incógnito.
-¡Ah! monseñor, -repuso Aramis sonriéndose.
-Admito que el que hiciese tal por mí, fuese ya más que un hombre; más siendo yo, como decís, príncipe, hermano de rey, ¿cómo vais a devolverme la categoría y la fuerza que mi madre y mi hermano me han ocultado? Si debo pasar una vida de rencores y de luchas, ¿cómo haréis que yo venza en los combates y sea invulnerable a mis enemigos? ¡Ah! antes bien sepultadme en negra caverna y en lo más intrincado de una montaña: proporcionadme la alegría de oír en libertad los rumores del río y del llano, de ver en libertad el sol, el firmamento, las tempestades; esto me basta.
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