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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.33

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-Decid, -dijo el joven, recobrando su actitud seria y recogida. Entonces Aramis le contó, con grandes detalles, la historia de los últimos años de Luis XIII y el nacimiento misterioso de un príncipe, hermano gemelo de Luis XIV. El prisionero oyó este relato con la más viva emoción.
-Dos hijos mellizos cambiaron en amargura el nacimiento de uno solo, porque en Francia, y esto es probable que no lo sepáis, el primogénito es quien sucede en el trono al padre.
-Lo sé.
-Y los médicos y los jurisconsultos, -añadió Aramis, -opinan que cabe dudar si el hijo que primero sale del claustro materno es el primogénito según la ley de Dios y de la naturaleza.
El preso ahogó un grito y se puso más blanco que las sábanas que le cubrían el cuerpo.
-Fácil os será ahora comprender que el rey, -continuó el prelado, -que con tal gozo viera asegurada su sucesión, se abandonase al dolor al pensar que en vez de uno tenía dos herederos, y que tal vez el que acababa de nacer y era desconocido, disputaría el derecho de primogenitura al que viniera al mundo dos horas antes, y que, dos horas antes había sido proclamado. Así pues, aquel segundo hijo podía, con el tiempo y armado de los intereses o de los caprichos de un partido, sembrar la discordia y la guerra civil en el pueblo, destruyendo ipso facto la dinastía a la cual debía consolidar.
-Comprendo, comprendo, -murmuró el joven.
-He ahí lo que dicen, lo que afirman, -continuó Aramis; -he ahí por qué uno de los hijos de Ana de Austria, indignamente separado de su hermano, indignamente secuestrado, reducido a la obscuridad más absoluta, ha desaparecido de tal suerte que, excepto su madre, no hay en Francia quien sepa que tal hijo existe.
-¡Sí, su madre que lo ha abandonado! -exclamó el cautivo con acento de desesperación.
-Excepto la dama del vestido negro y las cintas encarnadas, -prosiguió Herblay, -y excepto, por fin...
-Excepto vos, ¿no es verdad? Vos, que venís a contarme esa historia y a despertar en mi alma la curiosidad, el odio, la ambición, y ¿quién sabe? quizá la sed de venganza; excepto vos, que si sois el hombre a quien espero, el hombre de que me habla el billete, en una palabra, el hombre que Dios debe enviarme, traéis...
-¿Qué? -preguntó Aramis.
-El retrato del rey Luis XIV, que en este momento se sienta en el trono de Francia.


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