El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.30
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Luego prosiguió:
«-Pues no hay que titubear, -repuso la señora Peronnette; -es preciso que alguien baje al pozo.
«-¡Para que el que saque la carta la lea al subir! -Hagamos que baje algún aldeano que no sepa leer así estaréis tranquilo.
«-Bueno -dijo mi ayo; -pero el que baje al pozo ¿no va a adivinar la importancia de un papel por el cual se arriesga la vida de un hombre? Con todo eso acabáis de inspirarme una idea, señora Peronnette; alguien va a bajar al pozo, es verdad, pero ese alguien soy yo.
«Pero al oír semejante proposición, mi nodriza empezó a llorar de tal suerte y a proferir tales lamentos; suplicó con tales instancias al anciano caballero, que éste le prometió buscar una escalera de mano bastante larga para poder bajar hasta el pozo, mientras ella se llegaba al cortijo en solicitud de un mozo decidido, al cual darían a entender que había caído, envuelta en un papel, una alhaja en el agua.
«-Y como el papel, -añadió mi ayo, -en el agua se desdobla, no causará extrañeza el encontrar la carta abierta.
«-Quizás ya se haya borrado, -objetó mi nodriza.
«-Poco importa, con tal que la recuperemos. La reina, al entregársela, verá que no la hemos traicionado, y, por consiguiente, Mazarino no desconfiará, ni nosotros tendremos que temer de él.
«En tomando esta resolución, mi ayo y mi nodriza se separaron. Yo volví al cerrar el postigo, y, al ver que mi ayo se disponía a entrar de nuevo, me recosté en mis almohadones, pero zumbándome los oídos a causa de lo que acababa de oír. Pocos segundos después mi ayo entreabrió la puerta y, al verme recostado en los almohadones, volvió a cerrarla poquito al poco en la creencia de que yo estaba adormecido. Apenas cerrada la puerta, volví a levantarme, y, prestando oído atento, oí como se alejaba el rumor de las pisadas. Luego me volví a mi postigo, y vi salir a mi ayo y a mi nodriza, que me dejaron solo. Entonces, y sin tomarme siquiera la molestia de atravesar el vestíbulo, salté por la ventana, me acerqué apresuradamente al pozo, y, como mi ayo, me asomé a él y vi algo blanquecino y luminoso que temblequeaba en los trémulos círculos de la verdosa agua. Aquel brillante disco me fascinaba y me atraía; mis ojos estaban fijos, y mi respiración era jadeante; el pozo me aspiraba con su ancha boca, y su helado aliento, y me parecía leer allá en el fondo del agua, caracteres de fuego trazados en el papel que había tocado la reina.
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