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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.28

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-Es indudable que yo no estaba destinado a permanecer encerrado eternamente, y lo que así me lo da a entender, sobre todo en este instante, es el cuidado que se tomaron en hacer de mí un caballero lo más cumplido. Mi ayo me enseñó cuanto él sabía, esto es, matemáticas, nociones de geometría, astronomía esgrima y equitación. Todas las mañanas me ejercitaba en la esgrima en una sala de la planta baja, y montaba a caballo en el huerto. Ahora bien, una calurosa mañana de verano me dormí en la sala de armas, sin que hasta entonces el más pequeño indicio hubiese venido a instruirme o a despertar mis sospechas, a no ser el respeto del ayo. Vivía como los niños, como los pájaros y las plantas, de aire y de sol, por más que hubiese cumplido los quince.
-¿Luego hace de eso ocho años?
-Poco más o menos: se me ha olvidado ya la medida del tiempo.
-¿Qué os decía vuestro ayo para estimularos al trabajo?
-Que el hombre debe procurar crearse en la tierra una fortuna que Dios le ha negado al nacer; que yo, pobre, huérfano y oscuro, no podía contar más que conmigo mismo, toda vez que no había ni habría quien se interesara por mí... Como os decía, pues, estaba yo en la sala de armas, donde, fatigado por mi lección de esgrima, me dormí. Mi ayo estaba en el piso primero, en su cuarto situado verticalmente sobre el mío. De improviso llegó al mí una exclamación apagada, como si la hubiese proferido mi ayo, y luego oí que éste llamaba a Peronnette, mi nodriza, que indudablemente se hallaba en el huerto, pues mi ayo descendió precipitadamente la escalera. Inquieto por su inquietud, me levanté. Mi ayo abrió la puerta que ponía en comunicación el vestíbulo con el huerto, y siguió llamando a Peronnette... Las ventanas de la sala de armas daban al patio, y en aquel instante tenían cerrados los postigos; pero al través de una rendija de uno de ellos, vi cómo mi ayo se acercaba a un gran pozo situado casi debajo de las ventanas de su estudio, se asomaba al brocal, miraba hacia abajo, y hacía desacompasados ademanes, al tiempo que volvía a llamar a Peronnette. Ahora bien, como yo, desde el sitio en que estaba atisbando, no sólo podía ver, sino también oír, vi y oí.
-Hacedme la merced de continuar, monseñor, -dijo Herblay.


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