El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.27
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-Si, monseñor.
-Para hacer encerrar en la Bastilla a un niño, como era yo cuando me trasladaron aquí, es menester que mi enemigo sea muy poderoso.
-Lo es.
-¿Más que mi madre, entonces? .
-¿Por qué me dirigís esa pregunta?
-Porque, de lo contrario, mi madre me habría defendido.
Sí, es más poderoso que vuestra madre -respondió el prelado tras un instante de vacilación.
-Cuando de tal suerte me arrebataron mi nodriza y mi ayo, y de tal manera me separaron de ellos, es señal de que ellos o yo constituíamos un peligro muy grande para mi enemigo.
-Peligro del cual vuestro enemigo se libró haciendo desaparecer al ayo y a la nodriza, -dijo Aramis con tranquilidad.
-¡Desaparecer! -exclamó el preso. -Pero, ¿de qué modo desaparecieron?
-Del modo más seguro, -respondió el obispo; -muriendo.
-¿Envenenados? -preguntó el cautivo palideciendo ligeramente y pasándose por el rostro una mano tembloroso.
-Envenenados.
-Fuerza es que mi enemigo sea muy cruel. O que la necesídad le obligue de manera inflexible, para que aquellas dos inocentes criaturas, mis únicos apoyos, hayan sido asesinados en el mismo día; porque mi ayo y mi nodriza nunca habían hecho mal a nadie.
-En vuestra casa la necesidad es dura, monseñor, y ella es también la que me obliga con profundo pesar mío, a decirss que vuestro ayo y vuestra nodriza fueron asesinados.
-¡Ah! -exclamó el joven frunciendo las cejas, -no me decís nada que yo no sospechara.
-¿Y en qué fundabais vuestras sospechas?
-Voy a decíroslo.
El joven se apoyó en los codos y aproximó su rostro al rostro de Aramis con tanta expresión de dignidad, de abnegación, y aun diremos de reto, que el obispo sintió cómo la electricidad del entusiasmo subía de su marchitado corazón y en abrasadoras chispas a su cráneo duro como el acero.
-Hablad, monseñor, -repuso Herblay. Ya os he manifestado que expongo mi vida hablándoos, pero por poco que mi vida valga, os suplico la recibáis como rescate da la vuestra.
-Pues bien escuchad por qué sospeché que habían asesinado a mi nodriza y a mi ayo...
-A quien vos dabais título de padre.
-Es verdad, pero yo ya sabía que no lo era mío.
-¿Qué os hizo suponer?...
-Lo mismo que me da suponer que vos no sois mi amigo: el respeto excesivo.
-Yo no aliento el designio de ocultar la realidad. El joven hizo una señal con la cabeza y prosiguió:
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