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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.26

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-Sí, lo recuerdo claramente. La mujer de quien me habéis hablado vino una vez con vos, y otras dos veces con la mujer...
-Con la mujer que venía a veros todos los meses, -repuso Herblay al ver que el preso se interrumpía.
-Esto es.
-¿Sabéis quién era aquella dama?
-Sé que era una dama de la corte, -respondió el cautivo dilatándosele las pupilas.
-¿La recordáis claramente?
-Respecto del particular, mis recuerdos no pueden ser confusos: vi una vez a aquella la dama acompañada de un hombre que frisaba en los cuarenta y cinco; otra vez en compañía de vos y de la dama del vestido negro y de las cintas rojas, y luego otras dos veces con esta última. Aquellas cuatro personas, mi ayo, la vieja Peronnette, mi carcelero y el gobernador, son las únicas con quienes he hablado en mi vida, y puede decirse las únicas que he visto.
-¿Luego en Noisy-le-Sec estabais preso?
-Sí aquí lo estoy, allí gozaba de libertad relativa, por más que fuese muy restringida. Mi prisión en Noisy-le-Sec la formaban una casa de la que nunca salí, y un gran huerto rodeado de altísima cerca; huerto y casa que vos conocéis, pues habéis estado en ellos. Por lo demás, acostumbrado a vivir en aquel cercado y en aquella casa, nunca deseé salir de ellos. Así pues, ya comprendéis que no habiendo visto el mundo, nada puedo desear, y que si algo me contáis, no tendréis más remedio que explicármelo.
-Tal es mi deber, y lo cumpliré, monseñor, -dijo Aramis haciendo una inclinación con la cabeza,
-Pues empezad por decirme quién era mi ayo.
-Un caballero bondadoso y sobre todo honrado, a la vez preceptor de vuestro cuerpo y de vuestra alma. De fijo que nunca os dio ocasión de quejaros.
-Nunca, al contrario; pero como me dijo más de una vez que mis padres habían muerto, deseo saber si mintió al decírmelo o si fue veraz.
Se veía obligado a cumplir las órdenes que le habían dado.
-¿Luego mentía?
-En parte, pero no respecto de vuestro padre.
-¿Y mi madre?
-Está muerta para vos.
-Pero vive para los demás. ¿no es así?
-Sí, monseñor.
-¿Y yo estoy condenado a vivir en la oscuridad de una prisión? -exclamó el joven mirando de hito en hito a Herblay.
-Tal creo, monseñor, -respondió Aramis exhalando un suspiro.
-¿Y eso porque mi presencia en la sociedad revelaría un gran secreto?


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