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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.25

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-¿Qué nombre tiene esa aldea? -preguntó el preso.
-Noisy-le-Sec, monseñor, -respondió Aramis con firmeza.
-Proseguid, -dijo el cautivo sin que su rostro afirmase o negase.
-En definitiva, monseñor, -repuso el obispo, -si estáis resuelto a obrar como hasta aquí, no sigamos adelante. He venido para haceros sabedor de muchas cosas, es cierto; pero cumple por vuestra parte me demostréis que deseáis saberlas. Convenid en que antes de que yo hablase, antes de que os diese a conocer los importantes secreto de que soy depositario, debíais haberme ayudado, si no con vuestra franqueza, a lo menos con un poco de simpatía, ya que no confianza. Ahora bien, como os habéis encerrado en una supuesta ignorancia que me paraliza... ¡Oh! no, no me paraliza en el concepto que vos imagináis; porque por muy ignorante que estéis, por mucha que sea la indiferencia que finjáis, no dejáis de ser lo que sois, monseñor, y no hay poder alguno, ¿lo oís bien? no hay poder alguno capaz de hacer que no lo seáis.
-Os ofrezco escucharos con paciencia, -replicó el preso. -Pero me parece que me asiste el derecho de repetir la pregunta que ya os he dirigido: ¿Quién sois?
-¿Recordáis haber visto, hace quince o diez y ocho años en Noisy-le-Sec, a un caballero que venía con una dama, usualmente vestida de seda negra y con cintas rojas en los cabellos?
-Sí, -respondió el joven, -y recuerdo también que una vez pregunté cómo se llamaba aquél caballero, a lo cual me respondieron que era el padre Herblay. Por cierto que me admiró que el tal padre tuviese un aire tan marcial, y así lo expuse, y me dijeron que no era extraña tal circunstancia, supuesto que el padre Herblay había sido mosquetero de Luis XIII.
-Pues bien, -dijo Aramis, -el mosquetero de Luis XIII, el sacerdote de Noisy-le-Sec, el que después fue obispo de Vannes y es hoy vuestro confesor, soy yo.
-Lo sé, os he conocido.
-Pues bien, monseñor, si eso sabéis, debo añadir algo que ignoráis, y es que si el rey fuese sabedor de la presencia en este calabozo de aquel mosquetero, de aquel sacerdote, de aquel obispo, de vuestro confesor de hoy, esta noche, mañana a más tardar, el que todo lo ha arrostrado para llegar hasta vos, vería relucir el hacha del verdugo en un calabozo más negro y más escondido que el vuestro.
Al escuchar estas palabras dichas con firmeza, el cautivo volvió a incorporarse, fijó con avidez creciente sus ojos en los de Aramis, y, al parecer, cobró alguna confianza, pues dijo:


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