El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.24
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-Quiero decir, -prosiguió Aramis, -que me ocultasteis lo que de vuestra infancia sabíais.
Cada cual es dueño de sus secretos, caballero, y no debe haber almoneda de ellos ante el primer advenedizo.
Es verdad, -contestó Aramis inclinándose profundamente, -perdonad; pero ¿todavía hoy soy para vos un advenedizo? Os suplico que me respondáis, «monseñor». Este titulo causó una ligera turbación al preso; sin embargo, pareció no admirarse de que se lo diesen.
-No os conozco, caballero, -repuso el joven. -¡Ah! Sí yo me atreviera, -dijo Herblay, -tomaría vuestra mano y os la besaría.
El cautivo hizo un ademán como para dar la mano a Aramis, pero el rayo que emanó de sus pupilas se apagó en el borde de sus párpados, y su mano se retiró fría y recelosa.
-¡Besar la mano de un preso! -dijo el cautivo moviendo la cabeza; -¿para qué?
-¿Por qué me habéis dicho que aquí os encontrabais bien, -preguntó Aramis, -que a nada aspirabais? En una palabra, ¿por qué, al hablar así, me vedáis que a mi vez sea franco?
De las pupilas del joven emanó un tercer rayo; pero, como las dos veces anteriores, se apagó sin más consecuencias.
-¿Receláis de mí? -preguntó el prelado.
-¿Por qué recelaría de vos?
-Por una razón muy sencilla, y es que si vos sabéis lo que debéis saber, debéis recelar de todos.
-Entonces no os admire mi desconfianza, pues suponéis que sé lo que ignoro.
-Me hacéis desesperar, monseñor, -exclamó Aramis asombrado de tan enérgica resistencia y descargando el puño sobre su sillón.
-Y yo no os comprendo.
-Haced por comprenderme.
El preso clavó la mirada en su interlocutor. En ocasiones, -prosiguió Herblay, -pienso que tengo ante mí al hombre a quien busco... y luego...
-El hombre ese que decís, desaparece, ¿no es verdad? -repuso el cautivo sonriéndose.
-Más vale así.
-Decididamente nada tengo que decir a un hombre que desconfía de mí hasta el punto que vos, -dijo Aramis levantándose.
-Y yo, -replicó en el mismo tono el joven, -nada tengo que decir al hombre que se empeña en no comprender que un preso debe recelar de todo.
-¿Aun de sus antiguos amigos? Es un exceso de prudencia, monseñor.
-¿De mis antiguos amigos, decís? ¡Qué! ¿vos sois uno de mis antiguos amigos?
-Vamos a ver, -repuso Herblay,-¿por ventura ya no recordáis haber visto en otro tiempo, en la aldea donde pasasteis vuestra primera infancia.
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