El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.23
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Yo, por mi parte, sé deciros que no acusándome de nada mi conciencia, no soy criminal.
-A veces uno es criminal a los ojos de los grandes de la tierra, no sólo porque ha cometido crímenes, sino también porque sabe que otros los han cometido.
-Comprendo, -repuso tras un instante de silencio el joven y después de haber escuchado con atención profunda; -decís bien, caballero; mirado desde ese punto de vista, podría muy bien ser que yo fuese criminal a los ojos de los magnates. -¡Ah! ¿conque sabéis algo? -preguntó Aramis.
-Nada sé, -respondió el joven; -pero en ocasiones medito, y al meditar me digo...
-¿Que?
-Que de continuar en mis meditaciones, una de dos, o me volvía loco, o adivinaría muchas cosas. -¿Y qué hacéis? -preguntó Aramis con impaciencia. -Paro el vuelo de mi mente.
-¡Ah!
-Sí, porque se me turba la cabeza, me entristezco, me invade el tedio, y deseo...
-¿Qué?
-No lo sé, porque no quiero que me asalte el deseo de cosas que no poseo, cuando estoy tan contento con lo que tengo.
-¿Teméis la muerte? -preguntó Herblay con inquietud.
-Sí, -respondió el preso sonriéndose.
-Pues si teméis la muerte, -repuso Aramis estremeciéndose ante la fría sonrisa de su interlocutor, -es señal de que sabéis más de lo que no queréis dar a entender.
¿Por qué soy yo quien ahora hablo, y vos quien se calla, -replicó el cautivo, -cuando habéis hecho que os llamara a mi lado, y habéis entrado prometiéndome hacerme tantas revelaciones? Ya que los dos estamos cubiertos con una máscara, o continuamos ambos con ella puesta, o arrojémosla los dos a un tiempo.
-Vamos a ver, ¿sois ambicioso?
-¿Qué es ambición? -preguntó el joven.
-Un sentimiento que impele al hombre a desear más de lo que posee.
-Ya os he manifestado que estoy contento, pero quizás me engaño. Ignoro qué es ambición, pero está en lo posible que la tenga. Explicaos, ilustradme.
-Ambicioso es aquel que codicia más que lo que le proporciona su estado.
-Eso no va conmigo, -dijo el preso con firmeza que hizo estremecer nuevamente al obispo de Vannes.
Aramis se calló; pero al ver las inflamadas pupilas, la arrugada frente y la reflexiva actitud del cautivo, conocíase que éste esperaba algo más que el silencio.
-La primera vez que os vi, -dijo Herblay hablando por fin, -mentisteis.
-¡Que yo mentí! -exclamó el preso incorporándose, y con voz tal y tan encendidos ojos, que Aramis retrocedió a su pesar.
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