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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.21

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-En este caso ya es distinto -dijo el joven dejándose caer nuevamente sobre su almohada.
Aramis miró con más atención al preso y quedó asombrado al ver aquel aire de majestad sencillo y desembarazado que no se adquiere nunca si Dios no lo infunde en la sangre o en el corazón.
-Sentaos, caballero -dijo el preso.
-¿Qué tal encontráis la Bastilla? -preguntó Herblay inclinándose y después de haber obedecido.
-Muy bien.
-¿Padecéis?
-No.
-¿Deseáis algo?
-Nada
-¿Ni la libertad?
-¿A qué llamáis libertad? -preguntó el preso con acento de quien se prepara a una lucha.
-Doy el nombre de libertad a las flores, al aire, a la luz, a las estrellas, a la dicha de ir adonde os conduzcan vuestras nerviosas piernas de veinte años.
-Mirad -respondió el joven dejando vagar por sus labios una sonrisa que tanto podía ser de resignación como de desdén, -en ese vaso del Japón tengo dos lindísimas rosas, tomadas en capullo ayer tarde en el jardín del gobernador; esta mañana han abierto en mi presencia su encendido cáliz, y por cada pliegue de sus hojas han dado salida al tesoro de su aroma, que ha embalsamado la estancia. Mirad esas dos rosas: son las flores más hermosas ¿Porqué he de desear yo otras flores cuando poseo las más incomparables?
Aramis miró con sorpresa al joven.
-Si las flores son la libertad, -continuó con voz triste el cautivo, -gozo de ella, pues poseo las flores.
-Pero ¿y el aire? -exclamó Herblay, -¿el aire tan necesario a la vida?
-Acercaos a la ventana, -prosiguió el preso; -está abierta. Entre el cielo y la tierra, el viento agita sus torbellinos de nieve, de fuego, de tibios vapores o de brisas suaves. El aire que entra por esa ventana me acaricia el rostro cuando, subido yo a ese sillón, sentado en su respaldo y con el brazo en torno del barrote que me sostiene, me figuro que nado en el vacío.
-¿Y la luz? -preguntó Aramis, cuya frente iba nublándose.
-Gozo de otra mejor, -continuó; el preso; -gozo del sol, amigo que viene a visitarme todos los días sin permiso del gobernador, sin la compasión del carcelero. Entra por la ventana, traza en mi cuarto un grande y largo paralelogramo que parte de aquélla y llega hasta el fleco de las colgaduras de mi cama. Aquel paralelogramo se agranda desde las diez de la mañana hasta mediodía, y mengua de una a tres, lentamente como si le pesara apartarse de mí tanto cuanto se apresura en venir a verme.


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