El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.18
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Mas por muy suavemente que Herblay hubiese vertido sus palabras, produjeron en el infeliz gobernador el efecto del rayo. Baisemeaux se puso amoratado.
-¡El confesor! -murmuró Baisemeaux; -¿vos el confesor de la orden, monseñor?
-Sí; pero como no estáis afiliado, nada tenemos que ventilar los dos.
-Monseñor...
-¡Ah!
-Ni que me niegue a obedecer.
-Pues lo que acaba de pasar se parece a la desobediencia.
-No, monseñor; he querido cerciorarme...
-¿De qué? -dijo Aramis con ademán de soberano desdén.
-De nada, monseñor; de nada -dijo Baisemeaux bajando la voz y humillándose ante el prelado. -En todo tiempo y en todo lugar estoy a la disposición de mis señores, pero...
-Muy bien; prefiero veros así -repuso Herblay sentándose otra vez y tendiendo su vaso al gobernador, que no acertó a llenarlo, de tal suerte le temblaba la mano. -Habéis dicho «pero», -dijo Aramis.
-Pero como no me habían avisado, estaba muy lejos de esperar...
-¿Por ventura no dice el Evangelio: «Velad, porque sólo Dios sabe el momento»?
¿Acaso las prescripciones de la orden no rezan: «Velad, porque lo que yo quiero, vosotros debéis siempre quererlo»? ¿A título de qué, pues, no esperabais la venida del confesor?
-Porque en este momento no hay en la Bastilla preso alguno que esté enfermo.
-¿Qué sabéis vos? -replicó Herblay encogiendo los hombros.
-Me parece...
-Señor de Baisemeaux -repuso Aramis arrellanándose en su sillón, -he ahí vuestro criado que desea deciros algo.
En efecto, en aquel instante apareció en el umbral del comedor el criado de Baisemeaux.
-¿Qué hay? -preguntó con viveza el gobernador.
-Señor de Baisemeaux -respondió el criado, -os traigo el boletín del médico de la casa.
-Haced que entre el mensajero -dijo Aramis fijando en el gobernador sus límpidos y serenos ojos.
El mensajero entró, saludó y entregó el boletín.
-¡Cómo! ¡el segundo Bertaudiere está enfermo! -exclamó con sorpresa el gobernador después de haber leído el boletín y levantado la cabeza.
-¿No decíais que vuestros presos gozaban todos de salud inmejorable? -repuso Aramis con indolencia y bebiéndose un sorbo del moscatel, aunque sin apartar del gobernador la mirada.
-Si mal no recuerdo -dijo Baisemeaux con temblorosa voz y después de haber despedido con ademán al criado; -si mal no recuerdo, el párrafo dice: «A petición del preso».
-Esto es -respondió Aramis; pero ved qué quieren de vos. En efecto, en aquel instante un sargento asomó la cabeza por la puerta medio entornada.
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