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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.16

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En cuanto a las damas, apenas vienen, y aun con terror no logro calmar. ¿Y como no temblarían de los pies a la cabeza al ver esas tristes torres, y al pensar que están habitadas por desventurados presos que...?
Y a Baisemeaux se le iba trabando la lengua, y calló.
-No me comprendéis, mi buen amigo - repuso el prelado.
-No me refiero a la sociedad en general, sino a la sociedad a que estáis afiliado.
-¿Afiliado? -dijo el gobernador, a quien por poco se le cae el vaso de moscatel que iba a llevarse a los labios.
-Sí -replicó Aramis con la mayor impasibilidad. -¿No sois individuo de una sociedad secreta?
-¿Secreta?
-O misteriosa.
-¡Oh! ¡señor de Herblay!...
-No lo neguéis...
-Podéis creer...
-Creo lo que sé.
-Os lo juro...
-Como yo afirmo y vos negáis -repuso Aramis, -uno de los dos está en lo cierto. Pronto averiguaremos quién tiene razón.
-Vamos a ver.
-Bebeos vuestro vaso de moscatel. Pero ¡qué cara ponéis! -No, monseñor.
-Pues bebed.
Baisemeaux bebió, pero atragantándose.
-Pues bien -repuso Aramis, -si no formáis parte de una sociedad secreta, o misteriosa, como querais llamarla, no comprenderéis palabra de cuanto voy a deciros.
-Tenedlo por seguro.
-Muy bien.
-Y si no, probadlo.
-A eso voy. Si, al contrario, pertenecéis a la sociedad a que quiero referirme, vais a responderme inmediatamente sí o no.
-Preguntad -repuso Baisemeaux temblando.
-Porque, -prosiguió con la misma impasibilidad Aramis, -es evidente que uno no puede formar parte de una sociedad ni gozar de las ventajas que la sociedad ofrece a los afiliados, sin que estos estén individualmente sujetos a algunas pequeñas servidumbres.
-En efecto -tartamudeó Baisemeaux, -eso se concebiría, si...
-Pues bien, en la sociedad de que os he hablado, y de la cual, por lo que se ve no formáis parte, existe...
-Sin embargo -repuso el gobernador, -yo no quiero decir en absoluto...
-Existe un compromiso contraído por todos los gobernadores y capitanes de fortaleza afiliados a la orden.
Baisemeaux palideció.
-El compromiso -continúo Aramis con voz firme, -helo aquí.
-Veamos...
Aramis dijo, o más bien recitó el párrafo siguiente, con la misma voz que si hubiese leído un libro:
«Cuando lo reclamen las circunstancias y a petición del preso, el mencionando capitán o gobernador de fortaleza permitirá la entrada a un confesor afiliado a la orden».
Daba lástima ver a Baisemeaux; de tal suerte temblaba y tal era su palidez.


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