El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.15
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-¡No he de estarlo!
-¿Pues cómo se arregla eso?
-Ante todo veamos de cenar bien, y os îío que la mesa del capitán de mosqueteros es agradable. A ella veréis sentado al gentil Saint-Aignán, y beberéis a su salud.
-¿Yo? -exclamó con horror el coloso.
-¡Cómo! ¿os negáis a beber a la salud del rey?
-Pero ¿quién diablos os habla del rey? Os hablo de SaintAignán.
-Es lo mismo -replicó D´Artagnan.
-Así es distinto -repuso Porthos vencido.
-Me habéis comprendido, ¿no es verdad?
-No -respondió Porthos, -pero lo mismo da.
-Decís bien, lo mismo da -dijo D´Artagnan: -vámonos a cenar.
LA SOCIEDAD DE BAISEMEAUX
No ha olvidado el lector que D´Artagnan y el conde de La Fere, al salir de la Bastilla, dejaron en ella y a solas a Aramis y a Baisemeaux.
Baisemeaux tenía por verdad inconcusa que el vino de la Bastilla era excelente, era capaz de hacer hablar a un hombre de bien: pero no conocía a Aramis, el cual conocía como a sí mismo al gobernador, y contaba hacerle hablar por el sistema que este último tenía por eficaz.
Si no en apariencia, la conversación decaía, pues Baisemeaux hablaba únicamente de la singular prisión de Athos, seguida inmediatamente la orden de remisión.
Aramis no era hombre para molestarse por cosa alguna, y ni siquiera había dicho aun a Baisemeaux por qué estaba allí.
Así es que el prelado le interrumpió de improviso exclamando:
-Decidme, mi buen señor de Baisemeaux, ¿no tenéis en la Bastilla más distracciones que aquellas a que he asistido las dos o tres veces que os he visitado?
El apóstrofe era tan inesperado, que el gobernador quedó aturdido.
-¿Distracciones? -dijo Baisemeaux. -Continuamente las tengo, monseñor.
-¿Qué clase de distracciones son esas?
-De toda especie.
-¿Visitas?
-No, monseñor; las visitas no son comunes en la Bastilla.
-¡Ah! ¿son raras las visitas?
-Rarísimas.
-¿Aun de parte de vuestra sociedad?
-¿A qué llamáis vos mi sociedad? ¿a mis presos?
-No, entiendo por vuestra sociedad la de que vos formáis parte.
-En la actualidad es muy reducida para mí -contestó el gobernador después de haber mirado fijamente a Aramis, y como si no hubiera sido imposible lo que por un instante había supuesto. -Si queréis que os hable con franqueza, señor de Herblay, por lo común, la estancia en la Bastilla es triste y fastidiosa para los hombres de mundo.
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