El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.13
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Poco después los jinetes dieron alcance a la carroza. D´Artagnan, que siempre tenía despiertos los sentidos, oyó el trote de los corceles en el momento en que Raúl decía a Porthos que se adelantasen a la carroza para ver quién era la persona a la cual acompañaba D´Artagnan.
Porthos obedeció, pero como las cortinillas estaban corridas, nada pudo ver.
La rabia y la impaciencia dominaban a Bragelonne, que al notar el misterio de que se rodeaban los compañeros de Athos, resolvió atropellar por todo.
D´Artagnan por su parte, conoció a Porthos y a Raúl, y comunicó a Athos el resultado de su observación.
Athos y D´Artagnan se proponían ver si Raúl y Porthos llevarían las cosas al último extremo.
Y así fue. Bragelonne empuñó una pistola, se abalanzó al primer caballo de la carroza, e intimó al cochero que parase, Porthos dio un golpe y lo quitó de su sitio, y Grimaud se asió a la portezuela.
-¡Señor conde! ¡señor conde! -exclamó Bragelonne abriendo los brazos.
-¿Sois vos, Raúl? -dijo Athos ebrio de alegría.
-¡No está mal! -repuso D´Artagnan echándose a reír.
Y los dos abrazaron a Porthos y a Bragelonne, que se habían apoderado de ellos.
-¡Mi buen Porthos! ¡mi excelente amigo! -exclamó el conde de La Fere; -¡siempre el mismo!
-Todavía tiene veinte años -dijo D´Artagnan. -¡Bravo, Porthos!
-¡Diantre! -repuso el barón un tanto cortado, -hemos creído que os habían preso.
-Ya lo veis -replicó Athos, -todo se reducía a un paseo en la carroza del señor de D´Artagnan.
-Os seguimos desde la Bastilla -replicó el vizconde con voz de duda y de reconvención.
-Adonde hemos ido a cenar con el buen Baisemeaux -dijo el mosquetero.
-Allí hemos visto a Aramis.
-¿En la Bastilla?
-Ha cenado con nosotros.
-¡Ah! -exclamó Porthos respirando.
-Y nos ha dado mil curiosos recuerdos para vos.
-Gracias.
-¿Adónde va el señor conde? -preguntó Grimaud, as quien su amo recompensara ya con una sonrisa.
-A Blois, a mi casa.
-¿Así en derechura?
-Desde luego.
-¿Sin equipaje?
-Ya se habría encargado Raúl de enviármelo o llevármelo al volver a mi casa, si es que a ella vuelve.
-Si ya no lo detiene en París asunto alguno, hará bien en acompañarnos, Athos -dijo D´Artagnan acompañando sus palabras de una mirada firme y cortante como una cuchilla y dolorosa como ella, pues volvió a abrir las heridas del desventurado joven.
-Nada me detiene en París-repuso Bragelonne.
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