El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.12
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-Debe de haber conducido ya a mi padre a la Bastilla y, por consiguiente, estar de regreso en su casa.
-Primeramente informémonos en la Bastilla -dijo Grimaud, que hablaba poco, pero bien.
Los tres llegaron ante la fortaleza a tiempo que Grimaud pudo divisar cómo doblaba la gran puerta del puente levadizo la carroza que conducía a D´Artagnan de regreso de palacio.
En vano Raúl espoleó su cabalgadura para alcanzar la carroza y ver quién iba dentro. Aquella ya se había detenido allende la puerta grande, que volvió a cerrarse, mientras un guardia francés de centinela daba con el mosquete en el hocico del caballo del vizconde, el cual volvió grupas, satisfecho de saber a qué atenerse respecto de la presencia de aquella carroza que encerrara a su padre.
Ya lo hemos atrapado -dijo Grimaud.
-Como estamos seguros de que va a salir, aguardemos, ¿no es verdad, señor de Vallón? -dijo Bragelonne.
-A no ser también que D´Artagnan esté preso -replicó Porthos; -en cuyo caso todo está perdido.
Raúl, que conoció que todo era admisible, nada respondió a las palabras de Porthos; lo único que hizo fue encargar a Grimaud que, para no dar sospechas condujese los caballos a la callejuela de Juan Beausire, mientras él con su penetrante mirada atisbaba la salida de D´Artagnan o de la Carroza.
Fue lo mejor, pues apenas transcurridos veinte minutos, volvieron a abrir la puerta y apareció de nuevo la carroza. ¿Quiénes iban en ella? Raúl no pudo verlo por habérselo privadd un deslumbramiento, pero Grimaud afirmó haber visto a dos personas, una de las cuales era su amo.
Porthos miró a Bragelonne y al lacayo para adivinar qué pensaban.
-Es cierto -dijo Grimaud, -que si el señor conde está en la carroza, es porque lo han puesto en libertad, o lo trasladan a otra prisión.
-El camino que emprenden nos lo dirá-repuso Porthos.
-Si lo han puesto en libertad -continuó Grimaud, -lo conducirán a su casa.
-Es verdad -dijo el gigante.
-Pues la carroza no toma tal dirección -exclamó el vizconde. En efecto, los caballos acababan de internarse en el arrabal de San Antonio.
-Corramos -dijo Porthos -ataquemos la carroza una vez en la carretera, y digamos a Athos que se ponga a salvo.
-A eso llaman rebelión, -murmuró el vizconde.
Porthos lanzó a su joven amigo una segunda mirada digna hermana de la primera, a la cual respondió el vizconde arreando a su cabalgadura.
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