El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.11
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Al ver venir por el camino real a aquellos dos jinetes, Porthos creyó que eran Saint-Aignán y su padrino. Pero en vez de SaintAignán, sólo vio a Raúl, el cual se le acercó haciendo desesperados gestos y exclamando:
-¡Ah! ¡mi querido amigo! perdonadme, ¡qué infeliz soy!
-¡Raúl! -dijo Porthos.
-¿Estáis enojado contra mí? -repuso el vizconde abrazando a Porthos.
-¿Yo? ¿por qué?
-Por haberos olvidado de ese modo. Pero ¡ay! tengo trastornado el juicio.
-¡Bah!
-¡Si supieseis, amigo mío!
-¿Lo habéis matado?
-¿A quién?
-A Saint-Aignán.
-¡Ay! no me refiero a Saint-Aignán.
-¿Qué más ocurre?
-Que en la hora es probable que el señor conde de La Fere esté arrestado.
-¡Arrestado! ¿por qué? -exclamó Porthos haciendo un ademán capaz de derribar una pared.
-Por D´Artagnan.
-No puede ser -dijo el coloso.
-Sin embargo, es la pura verdad -replicó el vizconde.
Porthos se volvió hacia Grimaud como quien necesita una segunda afirmación, y vio que el fiel criado de Athos le hacía una señal con la cabeza.
-¿Y adónde lo han llevado? -preguntó Porthos.
-Probablemente la Bastilla.
-¿Qué os lo hace creer?
-Por el camino hemos interrogado a algunos transeúntes que han visto pasar la carroza, a otros que la han visto entrar en la Bastilla.
-¡Oh! ¡oh! -repuso Porthos adelantándose dos pasos.
-¿Qué decís? -preguntó Raúl.
-¿Yo? nada: pero no quiero que Athos se quede en la Bastilla.
-¿Sabéis que han arrestado al conde por orden del rey? -dijo el vizconde acercándose a su amigo.
Porthos miró a Bragelonne como diciéndole: «¿Y a mí qué?» Mudo lenguaje que le pareció tan elocuente a Raúl, volvió a subirse a caballo, mientras el coloso hacía lo mismo con ayuda de Grimaud.
-Tracemos un plan -dijo el vizconde.
-Esto es -repuso Porthos, -tracemos un plan. -Y al ver que Raúl lanzaba un suspiro y se detenía repentinamente, añadió: -¡Qué! ¿desmayáis?
-No, lo que me ataja es la impotencia. ¿Por ventura los tres podemos apoderarnos de la Bastilla?
-Sí D´Artagnan estuviese allí, no digo que no -repuso Porthos.
Raúl quedó mudo de admiración ante aquella confianza heroica de puro candorosa. ¿Conque en realidad vivían aquellos nombres célebres que en número de tres o cuatro embestían contra un ejército o atacaban una fortaleza?
-Acabáis de inspirarme una idea, señor de Vallón -dijo el vizconde, -es necesario de toda necesidad que veamos al señor de D´Artagnan.
-Sin duda.
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