El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.4
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Pero sigamos a D´Artagnan que, al subirse otra vez en su carroza, gritó al oído del cochero:
-¡A PALACIO Y A ESCAPE!
Lo que pasaba en el Louvre durante la cena de la Bastilla
Saint-Aignán, por encargo del rey, había visto a La Valiére: pero por mucha que fuese su elocuencia, no pudo persuadir a Luisa de que el rey tuviese un protector tan poderoso como eso, y de que no necesitaba de persona alguna en el mundo cuando tenía de su parte al soberano.
En efecto, no bien hubo el confidente manifestado que estaba descubierto el famoso secreto, cuando Luisa, deshecha en llanto, empezó a lamentarse y a dar muestras de un dolor que no le habría hecho mucha gracia al rey si hubiese podido presenciar la escena.
Saint-Aignán, embajador, se lo contó todo al rey con todos su pelos y señales.
-Pero bien-repuso Luis cuando Saint-Aignán se hubo explicado, -¿qué ha resuelto Luisa? ¿La veré a lo menos antes de cenar? ¿Vendrá o será menester que yo vaya a su cuarto?
-Me parece, Sire, que si deseáis verla, no solamente deberéis dar los primeros pasos, mas también recorrer todo el camino.
-¡Nada para mí! ¡Ah! ¡muy hondas raíces tiene echadas en su corazón ese Bragelonne! -dijo el soberano.
-No puede ser eso que decís, Sire, porque -Sí, Sire, pero...
-¿Qué? -interrumpió con impaciencia el monarca.
-Pero advirtiéndome que, de no hacerlo yo, lo arrestaría vuestro capitán de guardias.
-¿No os dejaba en buen lugar desde el instante en que no os obligaba?
-Sí a mí, Sire, pero no a mi amigo.
-¿Por qué no?
-Es más claro que la luz, porque fuese arrestado por mí o por el capitán de guardias, para mi amigo el resultado era el mismo.
-¿Y esa es vuestra devoción, señor de D´Artagnan? ¿una devoción que razona y escoge? Vos no sois soldado. -Espero que Vuestra Majestad me diga qué, soy.
-¡Un frondista!
-En tal caso desde que se acabó la Fronda, Sire...
-¡Ah! Si lo que decís es cierto...
-Siempre es cierto lo que digo. Sire.
-¿A qué habéis venido? Vamos a ver.
-A deciros que el señor conde de La Fere está en la Bastilla.
-No por vuestro gusto, a fe mía.
-Es verdad, Sire: pero está allí, y pues allí está, importa que Vuestra Majestad lo sepa.
-¡Señor de D´Artagnan ¡estáis provocando a vuestro rey!
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