El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.949
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-¡Amigos! ¡Amigos! -contestó Pepino-. ¿Dónde está el capitán?
-Allí -dijo el centinela, señalando por detrás de su espalda una gran cavidad abierta en la roca y cuya luz se reflejaba en la entrada por sus ovaladas aberturas.
-Buena presa, capitán, buena presa-dijo Pepino en italiano.
Y cogiendo a Danglars por el cuello de la levita le condujo hacia una entrada, semejante a una puerta, y por la cual se penetraba al punto donde el capitán parecía haber hecho su alojamiento.
-¿Es éste el hombre? -inquirió el capitán mientras leía con la mayor atención la Vída de Alejandro, por Plutarco.
-El mismo, capitán, el mismo.
-Muy bien, mostrádmelo.
A esta orden imperativa, Pepino acercó tan bruscamente la luz al rostro de Danglars, que éste retrocedió vivamente para no quemarse las cejas.
Su rostro trastornado ofrecía todos los síntomas de un terror indescriptible.
-Este hombre está cansado -dijo el capitán-, llévesele a la cama.
-¡Oh! -murmuró el banquero-, esa cama es probablemente uno de los nichos de la muralla, ese sueño es la muerte que va a darme uno de los puñales que veo resplandecer.
En efecto, en las profundidades lóbregas de aquella cavidad inmen sa veíanse agitarse sobre hierbas secas y pieles de lobo, los compañeros del hombre a quien Alberto de Morcef había hallado leyendo los Comentarios de César, y a quien Danglars encontraba leyendo la Vida de Alejandro.
El banquero lanzó un sordo gemido y siguió a su guía. No profirió súplica ni queja alguna. No tenía fuerza, ni voluntad, ni poder, ni sentimiento; dejábase llevar.
Emprendió la marcha, y comprendiendo que tenía una escalera ante sí, levantó maquinalmente los pies cuatro o cinco veces. Entonces se abrió ante él una puerta baja. Inclinóse instintivamente para no romperse la frente, y se halló en una cavidad abierta en la roca viva.
Era regularmente formada, aunque sin muebles. Seca, aunque situada bajo la tierra, a una profundidad inconmensurable.
Una cama de hierba seca, cubierta de pieles de cabra, estaba no hecha, sino tendida en un rincón del cuarto.
Danglars, al verla, creyó hallar un símbolo inequívoco de su salvación.
-¡Oh! Dios sea loado -murmuró-, es una cama verdadera.
Por segunda vez en el término de una hora invocaba el nombre de Dios. No le había sucedido otro tanto en diez años.
-Ecco -dijo el guía.
Y metiendo a Danglars en el cuarto, cerró la puerta tras de sí. Sonó un cerrojo; el banquero se hallaba prisionero. Además, aunque no hubiera habido cerrojo, sólo san Pedro y teniendo por guía un ángel del cielo, pudiera pasar por medio de la guarnición que ocupaba las catacumbas de San Sebastián, y que acampaba con un jefe en quien nuestros lectores habrán desde luego reconocido al famoso Luigi Vampa.
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