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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.947

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Danglars vio un hombre envuelto en una capa que galopaba junto a la portezuela de la derecha.
-Algún gendarme -dijo-. ¿Habré sido denunciado por los telégrafos franceses a las autoridades pontificias?
Resolvió salir de esta ansiedad.
-¿Adónde me lleváis? -dijo.
-Dentro la testa! -repitió la misma voz con el propio acento de amenaza.
Danglars se volvió a la portezuela de la izquierda. Otro hombre a caballo galopaba al mismo lado.
-Evidentemente -se dijo Danglars con el sudor en el rostro-, he caído en una trampa.
Y se arrojó al fondo de la calesa, esta vez no para dormir, sino para soñar.
Poco después apareció la luna en el cielo.
Desde el fondo de la calesa echó una ojeada a la campiña. Volvió a ver entonces los grandes acueductos, fantasmas de piedra que había notado al pasar, solamente que en vez de verlos a la derecha, los tenía ahora a la izquierda. Creyó que habían dado media vuelta al carruaje, y que se le llevaba a Roma.
-¡Oh, desdichado de mí! -exclamó -, se habrá conseguido mi extradición.
El carruaje continuó corriendo con admirable velocidad. Pasó una hora terrible, porque a cada nuevo indicio que se le ofrecía al paso, el fugitivo reconocía, a no dudarlo, que se le volvía atrás. En fin, no volvió a ver la masa sombría contra la cual le pareció que el carruaje iba a estrellarse. Pero el carruaje se ladeó, bordeando la masa sombría, que no era otra cosa que la cintura de muralla que envuelve a Ro ma.
-¡Oh!, ¡oh! -murmuró Danglars-, no entramos en la ciudad. Luego no es la justicia la que me detiene. ¡Gxan Dios!, otra idea, será posible...
Sus cabellos se erizaron. Acordóse entonces de las interesantes historias de los bandidos romanos, tan poco creídas en París, y que Alberto de Morcef contaba a la señora Danglars y a Eugenia, cuando se trataba de que el joven vizconde fuera yerno de una y marido de otra.
-¡Ladrones tal vez! -murmuró.
De repente, el carruaje rodó sobre alguna cosa más dura que el suelo de un camino enarenado. Danglars aventuró una mirada a los dos lados del camino. Distinguió unos monumentos de una forma extraña, y su pensamiento preocupado con la relación de Morcef, que al presente se le representaba en todos sus pormenores, este pensamiento le dijo que debía estar sobre la vía Apia.
A la izquierda del carruaje, en un espacio del valle, distinguíanse unas ruinas de forma circular. Eran las termas de Caracalla.
A una palabra del hombre que galopaba a la derecha del carruaje, éste se detuvo. Al mismo tiempo se abrió la portezuela de la izquierda.


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