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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.945

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Danglars estaba cansado, satisfecho, y tenía sueño. Se acostó, colocó su cartera bajo la ahnohada y se quedó dormido.
Pepino tenía tiempo de más. jugó a la morra con los faquines, perdió tres escudos, y para consolarse bebióse una botella de vino de Orvieto.
Al día siguiente, el banquero se levantó tarde, aunque se había acostado temprano. Hacía cinco o seis noches que dormía muy mal, cuando dormía. Almorzó mucho, y poco deseoso, como había dicho, de ver las bellezas de la Ciudad Eterna, pidió los caballos de posta para el me diodía.
Pero Danglars no había contado con las formalidades de la policía y con la pereza del maestro de postas. Los caballos tardaron dos horas en estar enganchados, y el cicerone no trajo el pasaporte visado hasta después de las tres. Todos estos preparativos atrajeron a la puerta del señor Pastrini a buen número de curiosos. Tampoco faltaron los descendientes de los Gracos y de Mario.
El barón atravesó triunfalmente estos grupos, que le llamaban excelencia para obtener un bayoco.
Como Danglars, hombre muy popular, como sabemos, se había contentado con el dictado de barón hasta entonces, sin ser tratado de excelencia, este título le lisonjeó, y distribuyó una docena de mo nedas a toda aquella canalla, dispuesta por otras doce a tratarle de alteza.
-¿Adónde? -inquirió el postillón en italiano.
-Camino de Ancona -respondió el barón. El señor Pastrini tradujo la pregunta y la respuesta, y el carruaje partió al galope.
Danglars quería, en efecto, trasladarse a Venecia a recoger una parte de su.fortuna, y después a Viena a realizar el resto.
Su intención era fijarse en esta última ciudad, que se le había asegurado ser el vergel de los placeres.
Apenas anduvo tres leguas por las campiñas de Roma, cuando empezó a anochecer. Danglars no creía haber salido tan tarde; de otro modo se habría quedado. Así preguntó al postillón cuánto faltaba para llegar a la población cercana.
-Non capisco -respondió el postillón.
Danglars hizo un movimiento de cabeza que quería decir ¡muy bien!
El carruaje prosiguió la marcha.
-En la primera parada -dijo para sí Danglars- me detendré.
Danglars experimentó aún un resto de bienestar que había gozado la víspera, y que le proporcionó tan buena noche. Estaba muelle mente extendido en una buena calesa inglesa de dos resortes, y se sentía llevado al galope por dos buenos caballos. La parada era de siete leguas, lo sabía. ¿Qué hacer cuando se es banquero, y se ha hecho con fortuna bancarrota?
Dedicó diez minutos a pensar en su mujer, que quedaba en París, otros diez en su hija, que recorría el mundo en compañía de la señorita de Armilly.


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