El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.943
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Resultó de esto que cuando el nuevo viajero salió de la fonda con el cicerone de rigor, un hombre se separó del grupo de los curiosos, y sin parecer ser notado por el guía, marchó a poca distancia del extranjero, siguiéndole con tanta cautela como hubiera podido emplear un agente de la policía parisiense.
El francés estaba tan impaciente por efectuar su visita a la casa Thomson y French, que no había tenido tiempo de esperar fuesen enganchados los caballos. El carruaje debía encontrarle en el camino, o esperarle a la puerta del banquero. Llegó sin que el carruaje le alcanzase.
El francés entró, dejando en la antecámara su guía, que inmedia tamente trabó conversación con dos o tres de esos industriales sin industria, o más bien de cien industrias, que ocupan en Roma las puertas de los banqueros, de las iglesias, de las ruinas, de los museos y de los teatros. Al propio tiempo que el francés, entró el hombre que se había separado del grupo de curiosos. El francés abrió la puerta y entró en la primera pieza. Su sombra hizo lo mismo.
-¿Los señores Thomson y French? -preguntó el extranjero.
Una especie de lacayo se levantó a la señal de un encargado de confianza, guarda solemne de la primera mesa.
-¿A quién anunciaré? -preguntó el lacayo preparándose a preceder al extranjero.
El viajero respondió:
-Al barón Danglars.
-Pasad-dijo el lacayo.
Abrióse una puerta. El lacayo y el barón entráron por ells.
El hombre que había seguido a Danglars se sentó a esperar en un banco.
El que le había recibido primero continuó escribiendo por espacio de cinco minutos aproximadamente,
durante los cuales el hombre sentado guardó profundo silencio y la más completa inmovilidad. Luego, la pluma del primero dejó de chillar sobre el papel. Le vantó la cabeza, miró atentamente en
derredor suyo, y bien asegurado: -¡Ah!, ¡ah! -dijo-, ¡tú aquí, Pepino! -¡Sí! -respondió lacónicamente. -¿Tú has olfateado algo de bueno en la cara de ese hombre gordo? -No hay gran mérito en esto. Estamos prevenidos. -¿Sabes lo que viene a hacer aquí, curioso? -Pardiez, viene a tocar, aunque falta saber qué suma. -En seguida lo sabrás, amigo. -Muy bien, pero no vayas, como el otro día, a darme noticias falsas. -¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a aquel inglés que sacó de aquí tres mil escudos el otro día? -No; ése tenía en efecto los tres mil escudos y nosotros los hemos hallado. Hablo del príncipe ruso. -¿Y bien? -¡Y bien! Nos habías dicho treinta mil libras, y no hemos hallado más que veintidós. -Las habréis buscado mal. -Luigi Vampa es el que hizo el registro en persona.
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