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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.941

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-Sí, pero vuestro padre murió en vuestros brazos, dichoso, honrado, rico, lleno de ilusiones. El otro murió pobre, desesperado, dudando de Dios, y cuando, diez años después, el hijo buscaba su tumba, ésta había desaparecido, y nadie ha podido decirle: «Aquí descansa en Dios el corazón que tanto lo ha amado.»
-¡Oh! -dijo Morrel.
-Era, pues, más desventurado que vos, porque no sabía dónde hallar la tumba de su padre.
-Pero -dijo Morrel- restábale al menos la mujer amada.
-Os engañáis, Morrel; esa mujer...
-¿Había muerto? -exclamó Maximiliano.
-Peor aún. Era infiel, se había casado con uno de los perseguidores de su amante. Bien veis, Morrel,

que era más desgraciado amante que vos. -¿Y ha enviado Dios -preguntó Morrel- consuelos a ese hombre? -Le ha dado la calma, al menos. -¿Y ese hombre podrá ser dichoso algún día? -Lo espera, Maximiliano. El joven dejó caer la cabeza sobre el pecho. -Ya tenéis mi promesa -dijo, tras un momento de silencio, y tendiendo la mano a Montecristo-,
recordad únicamente. ..
-El 5 de octubre, Morrel, os espero en la isla de Montecristo. El 4 hallaréis una embarcación en el puerto de Bastia, llamada el Eurus. Daréis el nombre al patrón, que os conducirá cerca de mí. ¿De acuerdo, Maximiliano?
-De acuerdo, conde; así lo haré. Pero recordad que el 5 de octubre...
-Sois un niño que no sabe aún lo que vale la promesa de un hombre... Os he dicho veinte veces que ese

día, si aún queréis morir, os ayudaré a ello, Morrel. Adiós. -¿Me dejáis? -Sí; tengo que hacer en Italia. Os dejo solo, solo en lucha con la desgracia, solo con el águila de
poderosas alas que el Señor envía a sus elegidos para transportarlos a sus plantas. La historia de Ga­
nimedes no es una fábula, es una alegoría, Maximiliano. -¿Cuándo partís? -En seguida, el vapor me espera, dentro de una hora estaré lejos de vos, ¿me acompañaréis al puerto,
Morrel? -Soy todo vuestro, conde. -Dadme un abrazo.
Morrel acompañó al conde hasta el puerto. Ya el humo salía como un inmenso penacho del negro tubo que lo lanzaba hasta el cielo. Pronto partió el buque, y una hora después, como había dicho Montecristo , esta misma cola de humo blanquecino cortaba apenas visible el horizonte oriental, sombreado por las primeras brumas de la noche.

Capítulo dieciocho
Pepino
En el preciso instante en que el vapor del conde desaparecía detrás del cabo Morgion, un hombre que viajaba en posta por el camino de Florencia a Roma, se presentaba en la villa de Aquapendente. Seguía precipitadamente su camino para ganar tiempo sin hacerse sospechoso.


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