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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.940

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Página 940 de 970


París? -Maximiliano -dijo el conde-, me pedisteis durante el viaje deteneros algunos días en Marsella. ¿Es éste
aún vuestro deseo? -No tengo deseos, conde. Aunque creo que esperaré menos penosamente en Marsella que otras veces. -Tanto mejor, Maximiliano, porque os dejo, llevándome vuestra palabra, ¿no es verdad? -¡Ah!, lo olvidaré, conde-dijo Morrel-, lo olvidaré. -No, no lo olvidaréis, porque sois hombre de honor antes que todo, Morrel, porque lo habéis jurado,
porque vais a jurarlo de nuevo. -¡Oh!, conde, ¡tened piedad de mí!, conde, ¡soy tan desgraciado!
-Conocí a un hombre más desgraciado que vos, Morrel.
-Es imposible.
-¡Ah! -dijo Montecristo-, es uno de los orgullos de nuestra pobre humanidad el creerse cada hombre

más desgraciado que cualquier otro que gime y llora a su lado. -¿Qué mayor desgracia que la del que pierde el único bien que amaba y deseaba en el mundo? -Escuchad, Morrel -dijo el conde-, y fijad un momento vuestro espíritu en lo que voy a deciros. He
conocido un hombre que, como vos, había depositado todas sus esperanzas de ventura en una mujer. Ese hombre era joven, tenía un padre anciano al que amaba, una mujer que pronto iba a ser su esposa, y a la cual idolatraba. Iba a casarse, cuando de repente, uno de esos caprichos de la suerte que haría dudar de la bondad de Dios, si Dios no se revelase al cabo, mostrando que todo es para El un medio de guiar a su unidad infinita, cuando de repente un capricho de la suerte le robó la libertad, la novia, el porvenir que entreveía y que creía cierto, porque, ciego como estaba, no podía leer más que en lo presente, para sumergirle en la lobreguez de un calabozo.
-¡Ah! -dijo Morrel-, ¡se sale de un calabozo al cabo de ocho días, de un mes, de un año!
-Estuvo en él catorce años, Morrel -dijo el conde poniendo la mano en el hombro del joven.
Maximiliano se estremeció.
-¡Catorce años! -murmuró.
-¡Catorce años! -repitió el conde-, y también durante ellos tuvo hartos momentos de desesperación.

También, como vos, Morrel, creyéndose el más desdichado de los hombres, pensó en suicidarse. -¿Y bien? -preguntó Morrel. -¡Y bien!, en el momento supremo, Dios se reveló a él por un medio humano, porque Dios hace
milagros. Acaso en el primer mo mento, es preciso tiempo para que los ojos anegados en lágrimas vean claro, no comprendió la misericordia infinita del Señor, pero al fin, tuvo paciencia y esperó. Un día salió milagrosamente de la tumba, transformado, rico, poderoso, casi un dios; su primer grito fue para su padre; su padre había muerto.
-Y también el mío -dijo Morrel.


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