El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.939
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Montecristo bajó la cabeza y juntó las manos.
-Ved, señor -le dijo una voz a sus espaldas.
El conde tembló y se volvió.
El conserje le entregó las tiras de tela en donde el abate Faria había depositado todos los tesoros de su
ciencia. Este manuscrito era la gran obra del abate Faria sobre el reino de Italia. El conde se apoderó de él con presteza, y sus ojos, mirando el epígrafe, leyeron: «Arrancarás los dientes al dragón, y pisotearás los leones, ha dicho el Señor. » -¡Ah! -exclamó -, ¡he aquí la respuesta! ¡Gracias, padre mío, gracias! Y sacando del bolsillo una cartera que contenía diez billetes de banco de mil francos cada uno: -Tómala -dijo al conserje. -¿Me la dais? -Sí, pero a condición de que no la mirarás hasta que yo haya partido. Y guardando en el pecho la reliquia que acababa de encontrar, y que para él equivalía al más preciado
tesoro, salió del subterráneo y subió a la barca. -¡A Marsella! -dijo. Luego, alejándose, con los ojos fijos en la sombría prisión: -¡Horror! -dijo -, ¡para los que me encerraron en ella, y para los que han olvidado que en ella estuve! Al pasar otra vez por los Catalanes, el conde se volvió, y envolviendo la cabeza en la capa, murmuró el
nombre de una mujer. La victoria era completa. Montecristo había vencido la duda por dos veces. Ese nombre, que pronunció con una expresión de ternura que era casi amor, era el nombre de Haydée. Al poner el pie en tierra, el conde se dirigió al cementerio, seguro de encontrar a Morrel. También él, diez años antes, había buscado piadosamente una tumba en el cementerio, y la había
buscado inútilmente. Volviendo a Francia con millones, no había podido encontrar la tumba de su padre, muerto de hambre. Morrel mandó poner en ella una cruz, pero esta cruz se cayó y el enterrador la quemó, como hacen todos ellos, encendiendo lumbre en el cementerio. El honrado naviero había sido más afortunado. Muerto en brazos de sus hijos, fue llevado por ellos a enterrar cerca de su mujer, dos años antes entrada en la eternidad. Dos largas losas de mármol, con sus nombres inscritos en ellas, estaban extendidas, una al lado de otra, en un pequeño recinto, rodeado por una balaustrada de hierro, y sombreado por cuatro cipreses.
Maximiliano se apoyaba en uno de estos árboles, y tenía clavados sus ojos inciertos sobre las dos
tumbas. Su dolor era profundo, casi le trastornaba. -Maximiliano -le dijo el conde-, no es ahí donde se debe mi rar, sino allí. Y le señaló el cielo. -Los muertos se encuentran en todas partes -dijo Morrel--, ¿no me lo dijisteis al hacerme abandonar
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