El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.938
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El conserje los recibió, creyendo eran algunas monedas de poco valor, pero a la luz de la antorcha, diose cuenta de la suma que se le entregaba.
-Señor -le dijo-, os habéis equivocado.
-¿En qué?
-Es oro lo que me dais.
-Ya lo sé.
-¡Cómo! ¿Lo sabéis?
-Sí.
-¿Teníais la intención de darme este oro?
-Sí.
-¿Y puedo guardármelo sin recelo alguno?
El conserje contempló lleno de admiración a Montecristo.
-¡Y honrosamente! -dijo el conde, como Hamlet.
-Señor -repuso el conserje, no atreviéndose a creer en su suerte-, señor, no comprendo vuestra generosidad.
-Es fácil de comprender sin embargo -dijo el conde-. He sido marino, y vuestra historia me ha conmovido extraordinariamente.
-Entonces, señor -dijo el guía-, puesto que sois tan generoso, merecéis que os ofrezca yo alguna cosa.
-¿Qué tenéis que ofrecerme, amigo mío? ¿Conchas, obras de paja?, gracias.
-No, señor, no. Alguna cosa que se refiere a la historia presente. -¿De veras? -exclamó el conde-, ¿y qué es ello?
-Escuchad -dijo el conserje-, he aquí lo que pasó. Dije para mí, siempre se descubre algo en una morada ocupada diez años por un preso, y me puse a registrarlo todo; observé que sonaba a hueco debajo del lecho y en el hogar de la chimenea.
-Sí -dijo el conde-, sí.
-Levanté las piedras, y hallé...
-Una escala de cuerda, herramientas -exclamó el conde Montecristo .
-¿Cómo sabéis eso? -preguntó el conserje, sorprendido.
-No lo sé, lo adivino -dijo el conde-,son cosas que se hallan ordinariamente en los escondrijos de los presos.
-Sí, señor, sí -dijo el guía-, una escala de cuerda y herramientas.
-¿Y las tenéis aún? -exclamó Montecristo.
-No, señor; vendí estos diferentes objetos, que eran muy curiosos a los visitantes, pero me queda otra cosa.
-¿Qué? -preguntó el conde con impaciencia.
-Me queda una especie de libro escrito sobre tiras de tela.
-¡Oh! -exclamó el conde-, ¿conserváis ese libro?
-No sé si es un libro --dijo el conserje-, pero me queda lo que os digo.
-Ve a buscármelo, amigo mío, ve -dijo Montecristo-, y si es lo que presumo, estate tranquilo.
-Voy, señor.
Y el guía salió.
Edmundo fue a arrodillarse piadosamente ante los restos del lecho que la muerte había convertido para
él en altar.
-¡Oh!, mi segundo padre -dijo-, tú que me diste libertad, ciencia, riqueza; tú, que parecido a las criaturas de una especie superior a la nuestra, tenías la ciencia del bien y del mal, si en el fondo de la tumba queda de nosotros alguna cosa que se levante a la voz de los que moran sobre la tierra, si en la transformación que sufre el cadáver alguna cosa animada flota en los lugares en donde hemos amado o sufrido mucho, noble corazón, espíritu supremo, alma profunda, con una palabra, con un signo, con una revelación cualquiera, líbrame, lo ruego, en nombre del amor paternal que me dispensabas, y del respeto filial que lo profesé, del resto de duda, que vendrá a ser un remordimiento si no se cambia en mí en convicción.
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