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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.936

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Que en el momento de lanzar el cuerpo oyeron un grito terrible, ahogado en el instante mismo por el agua en la cual fue a desaparecer.
Montecristo respiraba fatigosamente. El sudor cubría su rostro. La angustia oprimía su corazón.
-¡No! -murmuró-, ¡no!, la duda que he experimentado era un principio de olvido, pero el corazón se abre de nuevo, y vuelve a estar sediento de venganza.
-¿Y el preso? -preguntó ansioso-. ¿Se ha vuelto a oír hablar de él?
-Jamás. Se cree una de dos cosas, o que murió en el acto, o que se ahogó en el mar.
-Decís que se le ató una bala a los pies. Caería derecho.
-Caería tal vez así -repuso el conserje-, y el peso de la bala le llevaría al fondo, en donde debió de quedar el pobre hombre.
-¿Le lloráis?
-Por vida mía que sí, aunque estuviese así en su elemento.
-¿Qué queréis decir?
-Que por aquel entonces se decía que aquel desgraciado había sido en su tiempo oficial de marina detenido por bonapartista.
-¡Cierto! -murmuró Montecristo-. Dios lo ha hecho para sobrenadar en las aguas y en las llamas.
Así el pobre marino vio en sus recuerdos algunos contornos de la historia que se refería sin duda en el hogar doméstico, estremeciéndose tal vez con la consideración de que había hendido el espacio para sepultarse en lo profundo de los mares.
-¿No se supo nunca su nombre? -preguntó el conde en voz alta.
-¡Oh!, no -dijo el conserje-. No era conocido más que por el número treinta y cuatro.
-¡Villefort! ¡Villefort! -murmuró Montecristo-, he aquí lo que hartas veces has debido decirte cuando mi espectro causaba tus insomnios.
-¿Queréis continuar la visita? -preguntó el conserje.
-Sí; sobre todo, si tenéis la bondad de mostrarme la morada del pobre abate.
-¡Ah! El número veintisiete.
-Sí, veintisiete -repitió Montecristo.
Y le parecía oír aún la voz del abate Faria, cuando le pedía su nombre, diciéndole aquel número a través de la muralla.
-Venid.
-Esperad -dijo Montecristo- que eche la mirada sobre todas las fases de este calabozo.
-Bueno -dijo el guía-, ahora resulta que he olvidado la llave del otro.
-Idla a buscar.
-Os dejo la antorcha.
-No; lleváosla.
-Pero os vais a quedar a oscuras.
-Es que puedo ver en medio de la oscuridad.
-¡Lo mismo que él!
-¿Que quién?
-E1 número treinta y cuatro. Se dice que estaba tan habituado a la oscuridad, que hubiera distinguido una espina en lo más oscuro del calabozo.
-Necesitó diez años para llegar a tal estado -murmuró el conde.


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