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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.935

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Página 935 de 970



-Decid -repitió.
-Este calabozo -repuso el conserje- estaba ocupado hace mu cho tiempo por un prisionero, hombre muy peligroso, a lo que parece, y tanto más cuanto que era industrioso a inteligente. Otro ocupaba este castillo al mismo tiempo que él. Este no era malvado, era un pobre sacerdote loco.
-¡Ah!, sí, loco-repitió el conde-, ¿y cuál fue su locura?
-Ofrecía millones a cambio de la libertad.
Montecristo levantó los ojos al cielo, pero no lo veía. Existía una barrera impenetrable entre él y el firmamento. Pensó en que había mediado otra no menos espesa entre los ojos de aquellos a quienes había ofrecido el abate Faria sus tesoros, y entre estos mismos tesoros ofrecidos.
-¿Podían verse unos a otros? -preguntó Montecristo.
-¡Oh!, no, señor; estaba rigurosamente prohibido. Pero burlaron esta prohibición abriendo una galería de un calabozo a otro.
-¿Y quién de los dos abrió esa galería?
-¡Oh!, fue ciertamente el joven -dijo el conserje-, el joven era diestro y fuerte, mientras el abate era viejo y débil, y su inteligencia era además demasiado vacilante para seguir una idea.
-¡Ciegos! -murmuró Montecristo.
-El joven abrió, pues, la galería. ¿Con qué?, se ignora, pero la abrió, y la prueba es que pueden observarse aún las señales. Mirad, ¿lo veis?
Y acercó la antorcha a la muralla .
-¡Ah!, sí, ciertamente -dijo el conde con una voz fuertemente conmovida.
-Resulta que los presos se comunicaron. ¿Cuánto duró esta comunicación? No se sabe. Un día, el preso viejo cayó enfermo y mu rió. Adivinad lo que hizo el joven -dijo el conserje interrumpiéndose.
-Decid.
-Cogió el cadáver, y lo puso encima de su propio lecho, la nariz hacia la muralla. Después volvió al calabozo vacío, abrió el agujero, y se metió en el saco mortuorio. ¿Habéis visto nunca una idea seme­jante?
Montecristo cerró los ojos, y se sintió agitado por todas las impresiones que había experimentado,
cuando la tela grosera del frío cadáver le tocó y le rozó con su semblante.
El carcelero prosiguió:
-Ved, ved aquí su proyecto. Creía que se enterraban los cadáveres en el castillo de If, y como dudaba mucho de que se hicieran gastos de funeral para los presos, contó con levantar la tierra con sus espaldas, pero había por desgracia una costumbre que frustró su intento. No se enterraba a los muertos, se les ataba una piedra a los pies y se les arrojaba al mar, y esto es lo que se hizo. Nuestro hombre fue lanzado al agua desde lo alto de la galería. Al día siguiente se halló el verdadero cadáver en su lecho, y se descubrió todo, porque los sepultureros dijeron entonces lo que antes no habían osado decir.


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