El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.934
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Llegaron. Instintivamente el conde retrocedió hasta la extremidad de la barca. El patrón creyó deber
decirle con la voz más cariñosa:
-Hemos llegado, señor.
Montecristo recordó que en aquel mismo punto, sobre la misma roca, había sido violentamente arrastrado por sus guardias, y que se le había obligado a subir aquella pendiente con la punta de una bayoneta.
El camino le había parecido en otro tiempo muy largo a Dantés. Montecristo le encontraba muy corto. Cada golpe de remo le había hecho brotar, con la húmeda espuma del mar, un millar de pensamientos y recuerdos. Desde la revolución de julio no había prisioneros en el castillo de If. Un puesto destinado a impedir el contrabando ocupaba sólo sus cuerpos de guardia. A la puerta del castillo se hallaba un conserje aguardando a los curiosos para mo strarles aquel monumento de terror, convertido en un monumento de curiosidad. Y no obstante, aunque enterado de todos esos pormenores, cuando entró bajo su bóveda, cuando bajó la negra escalera, cuando fue conducido a los calabozos que deseaba ver, una palidez mortal cubrió su frente, y un sudor helado refluyó hasta su corazón.
El conde preguntó si quedaba algún antiguo carcelero del tiempo de la Restauración. Todos habían sido despedidos, o pasado a ocupar otros puestos.
El conserje que le guiaba estaba sólo desde 1830. Fue conducido a su propio calabozo.
Vio la luz opaca del día entrar por el estrecho ventanuco. El sitio donde estaba su lecho, sacado después, y detrás, aunque cerrada, visible aún por su piedra más nueva, la abertura hecha por el abate Faria.
Montecristo sintió debilitarse sus piernas. Tomó un asiento de madera y se sentó.
-¿Se refieren algunas historias de este castillo, a más de la prisión de Mirabeau? -preguntó el conde-,
¿hay alguna tradición en esta mansión lúgubre que haga creer que los hombres han encerrado en ella
algún viviente?
-Sí, señor -dijo el conserje-, y de este mismo calabozo me ha transmitido una el carcelero Antonio.
El conde se estremeció. Ese carcelero Antonio era el suyo. Había casi olvidado su nombre y su fisonomía. Pero al oírle nombrar, le recordó tal cual era, con su poblada barba, su ropa parda y su manojo de llaves, de las que le parecía oír aún el ruido.
Montecristo se volvió y creyó verle en la sombra del corredor, muy oscuro a pesar de la luz de la antorcha que ardía en las manos del conserje.
-¿Queréis que os la cuente? -preguntó el conserje.
-Sí -contestó el conde-, empezad.
Y puso la mano sobre su corazón, para comprimir un violento la tido y conmovido al oír contar su propia historia.
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