El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.931
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Ahora decidme adiós, y separémonos, Edmundo.
-Antes de que os deje, ¿qué es lo que deseáis, Mercedes? -inquirió Montecristo.
-No deseo más que una cosa, Edmundo: que mi hijo sea dichoso.
-Rogad al Señor, que tiene la existencia de los hombres entre sus manos, que aleje de él la muerte, yo me encargo dé lo demás.
-Gracias, Edmundo.
-¿Pero vos, Mercedes?
-¡Yo! No tengo necesidad de nada, vivo entre dos tumbas: una de Edmundo Dantés, muerto hace bastante tiempo; ¡le amaba! Esta palabra no sienta bien a mi labio helado, pero mi corazón recuerda constantemente, y por nada del mundo querría borrar de él este recuerdo. La otra es la de un hombre muerto por Edmundo Dantés. Aplaudo al matador, pero debo rogar por el muerto.
-Vuestro hijo será dichoso, señora-repitió el conde.
-Entonces seré tan dichosa como puedo llegar a ser -aseguró Mercedes.
-Pero..., en fin..., ¿qué haréis?
Mercedes sonrió tristemente.
-Deciros que viviré en este país como la Mercedes de otro tiempo, es decir, trabajando, no lo creeréis. No sé más que orar, pero no necesito trabajar. El pequeño tesoro por vos escondido ha sido hallado en el lugar que designasteis. Se indagará quién soy, se preguntará qué hago, se indagará cómo vivo. ¿Qué importa?? Es un asunto guardado entre Dios, vos y yo.
-Mercedes -dijo el conde-, no os hago una re convención, pero habéis exagerado el sacrificio abandonando la fortuna acumulada por el señor Morcef, y cuya mitad correspondía de derecho a vuestra economía y desvelos.
-Comprendo lo que vais a proponerme, pero no puedo aceptar, Edmundo; mi hijo me lo prohibiría.
-Así me guardaré bien de hacer nada por vos que no merezca la aprobación del señor Alberto de Morcef. Sabré sus intenciones y me someteré a ellas. Pero si acepta lo que deseo hacer, ¿le imitaréis sin repugnancia?
-Ya sabéis, Edmundo, que no soy una criatura pensadora. Resoluci6n no la hay en mí más que para no determinarme nunca. Dios me ha atormentado tanto en sus borrascas, que he perdido la voluntad. Me hallo entre sus manos como una avecilla en las garras del águila. No quiere que muera, puesto que vivo. Si me envía auxilio, es porque querrá, y yo lo recibiré.
-¡Pensad, señora -dijo Montecristo-, que no es así como se adora a Dios! Dios quiere que se le comprenda y que se le discuta su poder. Por esto nos ha dado el libre albedrío.
-¡Desventurado! -exclamó Mercedes-, no me habléis así. Si yo creyese que Dios me ha dado el libre albedrío, ¿qué me quedaba para librarme de la desesperación?
El conde palideció ligeramente, y bajó la cabeza, agobiado por la vehemencia de este dolor.
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