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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.924

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-¿No volveros a ver? -exclamó Manuel, mientras rodaban dos gruesas lágrimas por las mejillas de Julia -. ¡No volver a veros! ¡Pero no es un hombre, es un dios quien nos deja, y este dios va a subir al cielo después de haberse presentado en la tierra para hacer el bien!
-No digáis eso -repuso con vehemencia Montecristo-, no digáis eso, amigos míos. Los dioses no hacen jamás el mal. Los dioses se detienen donde quieren detenerse, la casualidad no es más fuerte que ellos, y ellos son por el contrario los que sujetan la suerte. No, yo soy un hombre, Manuel, y vuestra admiración es tan injusta como vuestras palabras son sacrílegas.
Apretando contra sus labios la mano de Julia, que se precipitó en sus brazos, tendió la otra mano a Manuel. Después, arrancándose de esta casa, dulce nido cuyo huésped era la felicidad, llevó tras sí, con una señal, a Maximiliano, pasivo, insensible y consternado, como lo estaba desde la muerte de Valentina.
-¡Devolved la alegría a mi hermano! -dijo Julia al oído de Montecristo .
Montecristo le estrechó la mano como lo había hecho once años antes en la escalera que conducía al despacho de Morrel.
-¿Confiáis siempre en Simbad el Marino? -preguntó sonriéndose.
-¡Sí!, ¡sí!
-Pues bien, descansad en la paz y confianza del Señor.
Como hemos dicho, esperaba la silla de posta. Cuatro caballos vigorosos erizaban las crines y golpeaban con impaciencia el pavimento.
Alí estaba esperando abajo con el rostro reluciente de sudor. Pare cía llegar de una larga carrera.
-¡Y bien! -le preguntó el conde en árabe-, ¿estuviste en casa del anciano?
Alí hizo señal afirmativa.
-¿Y desplegaste la carta a sus ojos tal como lo dije?
-Sí -dijo respetuosamente el esclavo.
-¿Y qué ha dicho, o por mejor decir, qué ha hecho?
Alí se puso a la luz de modo que su señor pudiera verle, a imitando con su delicada inteligencia la fisonomía del anciano, cerró los ojos como hacía Noirtier cuando quería decir: ¡sí!
-¡Bien!, es que acepta--dijo Montecristo-, ¡partamos!
Apenas había pronunciado esta palabra, cuando ya el carruaje corría y los caballos hacían estremecer el empedrado despidiendo multitud de chispas.
Maximiliano se acomodó en su rincón sin decir una palabra.
Transcurrió media hora. Detúvose el carruaje repentinamente. El conde acababa de tirar del cordón de
seda que estaba sujeto a un d edo de Alí. El nubio bajó y abrió la portezuela.
La noche estaba hermoseada por millares de estrellas. Estaban en lo alto del monte de Villejuif, sobre el plano donde París, como una mar sombría, agita los millares de luces que parecen olas fosforescentes, olas en efecto, olas más bulliciosas, más apasionadas, más movibles, más furiosas, más áridas que las del Océano irritado, olas que no conocen la calma como las del vasto mar, olas que chocan siempre, que espumean siempre, que sepultan siempre.


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