El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.921
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-Dios está por mí y conmigo.
Arrojóse con angustia inexplicable sobre el cuerpo del niño, abrió sus ojos, tocó su pulso, y pasó con él al cuarto de Valentina, que cerró con doble llave.
-¡Hijo mío! -exclamó Villefort-, ¡se lleva el cadáver de mi hijo! ¡Oh!, ¡maldición!, ¡desgracia!, ¡muerte para mí!
Y quiso lanzarse en pos de Montecristo, pero como por un sueño, sintió clavarse sus pies, dilatarse sus ojos hasta salir de las órbitas, encorvarse sus dedos contra la carne del pecho, y hundirse en él gradualmente, hasta que la sangre enrojeció sus uñas. Sintió las venas de las sienes llenarse de espíritus
ardientes que pasando hasta la estrecha bóveda del cráneo inundaron su cerebro de un diluvio de fuego.
Tal situación duró algunos minutos, hasta que se completó un tras torno espantoso en su razón.
Entonces profirió un grito seguido de una prolongada carcajada, y se precipitó por las escaleras.
Un cuarto de hora después se abrió la habitación de Valentina y volvió a presentarse el conde de Montecristo.
Pálido, los ojos apagados, el pecho oprimido, todos los rasgos de esta figura extraordinariamente reposada y noble, estaban trastornados por el dolor. Tenía en sus brazos el niño, al cual ningún socorro había bastado para devolverle la vida. Puso una rodilla en tierra y le depositó religiosamente cerca de su madre, con la cabeza colocada sobre su pecho. Luego, levantándose, salió, y se halló con un criado en la escalera.
-¿Dónde está el señor de Villefort? -inquirió.
El criado, sin responder, extendió la mano hacia el jardín.
Montecristo bajó la escalera, se dirigió al sitio designado y vio en medio de sus criados que formaban corro en su derredor, a Villefort, con una azada en la mano, cavando la tierra con una especie de furor.
-¡No está aquí! -decía-, ¡no está aquí!
Y volvía a cavar en otra parte.
Montecristo se acercó a él, y muy bajo, y con un tono casi humilde le dijo:
-Habéis perdido un hijo, pero...
Villefort le interrumpió: ni le había escuchado, ni comprendido.
-¡Oh!, le encontraré -dijo-, ¿estáis seguros de que no está aquí? Le encontraré, aunque hubiera de buscarle hasta el día del juicio.
Montecristo se retiró horrorizado.
-¡Oh! -dijo -, está loco.
Y como si hubiera creído que las paredes de la casa maldita se desplomaran sobré él, se lanzó a la calle, dudando por primera vez del derecho que pudiera tener para hacer lo que había hecho.
-¡Oh!, basta, basta con esto -dijo-, salvemos lo que queda.
Y entrando en su casa, Montecristo encontró a Morrel, que andaba por la fonda de los Campos Elíseos silencioso como una sombra que espera el momento señalado por Dios para entrar en la tumba.
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