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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.920

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Página 920 de 970


Busoni se levantó. Viendo la alteración del rostro del magistrado, el brillo feroz de sus ojos, comprendió o debió comprender que la escena de los jurados había concluido. Ignoraba el resto.
-Vine para orar sobre el cuerpo de vuestra hija -respondió Bu soni.
-Y hoy, ¿qué venís a hacer?
-Vengo a deciros que me habéis pagado suficientemente vuestra deuda, y que desde este momento voy a rogar a Dios que se contente como yo.
-¡Dios mío! -dijo Villefort retrocediendo asustado-, ¡esta voz no es la del abate Busoni!
-No.
E1 abate arrancó su falsa tonsura, sacudió la cabeza, y sus largos cabellos negros, sueltos ya, cayeron sobre sus espaldas rodeando su varonil semblante.
-Es el rostro del conde de Montecristo -exclamó Villefort con los ojos inciertos.
-No es esto todo, señor procurador del rey, mirad mejor y más lejos.
-¡Esta voz!, ¡esta voz! ¿Dónde la oí por primera vez?
-La oísteis por primera vez en Marsella, hace veintitrés años, el día de vuestro matrimonio con la señorita de Saint-Merán. Buscad en vuestros papeles.
-¿No sois Busoni? ¿No sois Montecristo? ¡Dios mío, sois el enemigo oculto, implacable, mortal! ¿Rice algo contra vos en Marsella? ¡Oh, desgraciado de mí!
-Sí, tienes razón, es bien cierto -dijo el conde cruzando los brazos sobre el pecho-, ¡busca!, ¡busca!
-Mas, ¿qué lo he hecho? -exclamó Villefort, cuyo espíritu luchaba ya en el límite donde se confunden la razón y la demencia en aquellos momentos en que no puede decirse que dormimos ni que estamos despiertos-. ¿Qué lo he hecho? ¡Di, habla!
-Me condenasteis a una muerte lenta y horrorosa, matasteis a mi padre, me robasteis el amor con la libertad, y la fortuna con el amor.
-¿Quién sois? ¿Quién sois? ¡Dios mío!
-Soy el espectro de un desgraciado al que sepultasteis en las mazmorras del castillo de If; a este espectro, salido entonces de la tumba, Dios ha puesto la máscara del conde de Montecristo, y le ha cubierto de diamantes y oro para que no le reconozcáis hoy.
-¡Ah, le reconozco, le reconozco! -dijo el procurador del rey-, tú eres...
-¡Soy Edmundo Dantés!
-¡Tú, Edmundo Dantés! -exclamó el señor de Villefort, asiendo al conde por el puño-, ¡entonces ven!
Y le llevó por la escalera, en donde Montecristo le seguía asombrado, ignorando a qué parte le conducía el procurador del rey, y presintiendo algún desastre.
-¡Espera!, Edmundo Dantés -dijo mostrando al conde los cadáveres de su esposa y de su hijo-, ¡atiende, mira! ¿Está bien vengado?
Montecristo palideció ante tan espantoso espectáculo. Comprendió que acababa de traspasar los derechos de la venganza, que no podía decir más que:


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