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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.918

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Esta mano oprimía con­vulsivamente un frasco de cristal con tapón de oro. La señora de Villefort estaba muerta. El procurador del rey, sobrecogido de horror, retrocedió hasta la puerta, mirando el cadáver.
-¡Hijo mío! -exclamó de repente-, ¿dónde está mi hijo? ¡Eduardo! ¡Eduardo!
Y se precipitó fuera de la habitación, grit ando:
-¡Eduardo! ¡Eduardo!
Con tal acento de angustia era pronunciado este nombre, que acudieron los criados.
-¡Hijo mío! ¿Dónde está mi hijo? -preguntó Villefort-. Que le saquen de casa, que no la vea. -El señorito Eduardo no está abajo -respondió un criado. -Jugará sin duda en el jardín. Mirad si está allí. ¡Buscadle! -No, señor. La señora llamó a su hijo hará media hora aproximadamente. El señorito Eduardo entró con la señora, y no ha vuelto a bajar.
Un sudor helado inundó la frente de Villefort, sus pies vacilaron sobre las baldosas, sus ideas comenzaron a trastornar su cabeza como las ruedas desordenadas de un reloj que se rompe.
-¡Con la señora! -murmuró-, ¡con la señora! -Y volvió lentamente sobre sus pasos, enjugándose la frente con una mano y apoyándose con la otra en las paredes.
Al volver a entrar en la estancia, era preciso ver de nuevo a aquella desgraciada.
Para llamar a Eduardo, era preciso despertar el eco del aposento convertido en féretro mortuorio. Hablar, era violar el silencio de la tumba.
Villefort sintió su lengua paralizada en la garganta.
-¡Eduardo! ¡Eduardo! -balbució.
El niño no contestó. ¿Dónde estaba el niño que, al decir de los criados, había entrado con su madre, sin volver a salir?
Villefort dio un paso adelante.
El cuerpo exánime de la señora de Villefort estaba tendido a través de la puerta del salón en donde se hallaba necesariamente Eduardo. Este cadáver parecía velar sobre el umbral con ojos fijos y abiertos, con una espantosa y misteriosa sonrisa irónica en los labios.
En derredor del cadáver, la mampara dejaba ver una parte del salón, un piano y el extremo de un diván de raso azul.
Villefort avanzó tres o cuatro pasos y vio a su hijo acostado en el sofá.
El niño dormía, sin duda.
El infeliz tuvo un rapto de alegría, un rayo de luz pura bajó al in fierno en el cual estaba luchando.
Tratábase de pasar por encima del cadáver, de entrar en el salón, de tomar el niño en los brazos y de huir con él lejos, ¡muy lejos!
Villefort no era el hombre cuya refinada corrupción le hacía el tipo de hombre civilizado; era un tigre herido de muerte que deja los dientes rotos en su última herida.


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