El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.908
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-La mujer del ministro. -¡Ah!, disculpad mi ignorancia, yo no frecuento las casas de los ministros. Eso queda para los príncipes. -Erais magnífico y os volvéis divino, barón. Tened piedad de nosotros. Vuestras palabras van a
abrasarnos como los rayos de Júpiter. -No volveré a decir nada. ¡Pero que el diablo tenga piedad de mí! ¡No me deis lugar para replicar! -Vamos, ¿podremos llegar al fin de nuestro diálogo, Beauchamp? Os decía que la señora me
preguntaba anteayer sobre las muertes de Villefort; informadme, y podré satisfacerla. -Pues bien, señores, en casa de Villefort hay un asesino. Ambos jóvenes temblaron, porque más de una vez se les había ocurrido la misma idea. -¿Y quién es el asesino? -preguntaron a una. -El pequeño Eduardo. Una risotada de los jóvenes no fue bastante para turbar al orador, que prosiguió: -Sí, señores; un niño que es un fenómeno, y que mata ya como padre y madre. -¿Es una broma? -No. Ayer recibí un criado que sale de casa de Villefort, y ahora escuchad con atención. -Escuchemos. -Mañana voy a despedirlo, porque come enormemente para reponerse de los ayunos que se había
impuesto voluntariamente en aquella casa. Pues bien. Parece que el niño se sirve de vez en cuando de un frasco de drogas contra los que le desagradan. Primero la tomó con el señor y la señora de Saint-Merán, y les dio tres gotas de su elixir. Después a Barrois, el criado de Noirtier, que le regañó en varias ocasiones, le suministró otras tres gotas, y últimamente, a Valentina, a la que tenía envidia, le suministró también la dosis, y la suerte de ella fue la misma de los demás.
-¿Pero qué diablos nos contáis? --dijo Chateau-Renaud.
-¡Bah!, os cuento una cosa del otro mundo, ¿verdad?
-Eso es absurdo -dijo Debray.
-¡Ah! -dijo Beauchamp -, buscáis medios dílatorios. Preguntad a mi criado qué era lo que se decía en la
casa. -¿Pero ese elixir dónde está? ¿Qué cosa es? -El chico lo oculta. -¿De dónde lo ha tomado? -Del laboratorio de su madre. -Su madre, pues, ¿tiene venenos en su laboratorio? -¡Qué sé yo!, me estáis interrogando como si fueseis procuradores del rey. Os repito lo que me han
dicho, y he aquí todo. Os cito al autor, no puedo hacer más. Lo cierto es que el pobre diablo no comía de
miedo. -¡Parece increíble! -Pero no, querido, nada tiene de increíble. Ya visteis el año pasado a un niño de la calle de Richelieu
que se entretenía en matar a sus hermanos, introduciéndoles mientras dormían un alfiler en los oídos. ¡Querido, la generación que va a reemplazarnos es muy precoz!
-¡Apuesto a que no creéis una palabra de cuanto decís, pero no veo al conde de Montecristo.
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