El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.906
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Hacía uno de aquellos magníficos días de otoño que varias veces vienen a consolarnos de la ausencia del estío. Las nubes que el señor de Villefort viera al despuntar la aurora, se disiparon como por arte de magia al rayar el sol, y dejaron lucir con toda su brillantez uno de los días más hermosos de septiembre.
Beauchamp, uno de los magnates de la prensa diaria, tenía su sitio seguro en el tribunal, como en todas partes, lo había ocupado y miraba con sus gemelos a derecha a izquierda. Vio a Chateau-Renaud y a Debray, que habían merecido las consideraciones de un guardia mu nicipal, el cual les cedió su sitio, colocándose detrás para no impedirles la vista. El digno agente había conocido al millonario y secretario del ministro, y se mostró muy cortés con sus nobles vecinos, permitiéndoles se acercasen a Beauchamp, y prometiéndoles guardarles sus sitios.
-Y bien -dijo Beauchamp -, ¿venimos a ver a nuestro amigo?
-Sí, ¡Dios mío!, sí, ¡al digno príncipe! Llévese el diablo a todos los príncipes italianos, ¡bah... !
-Un hombre que tenía a Dante por genealogista, y cuyo origen se remontaba hasta la Divina Comedia.
-Nobleza de cuerda -dijo con sorna Chateau-Renaud.
-Será condenado, ¿no es cierto? -preguntó Debray a Beauchamp
-¡Eh!, querido mío, no sois vos el que debéis preguntarnos eso. ¿Ayer visteis al presidente a la salida del baffle del ministro?
-Sí.
-¿Y qué os dijo?
-Una cosa que os dejará maravillado.
-¡Ah!, entonces hablad pronto, mi querido amigo. Hace mucho tiempo que no me sucede tal cosa.
-Pues bien, me ha dicho que Benedetto, al que suele considerarse como un fénix de sutileza y astucia, es un pillo de orden muy subalterno, a indigno de los experimentos frenológicos que se harán con su cabeza después de guillotinado.
-¡Bah! -dijo Beauchamp-, no representaba del todo mal el papel de príncipe.
-Para vos, Beauclíamp, que detestáis a los príncipes, y que estáis encantado cuando les halláis maneras poco finas, pero para mí, que a la legua descubro el noble, y deduzco el origen de una familia aristocrática, en seguida le conocí.
-¿Así, jamás creísteis en su principado?
-Creí en que era principal, sí; príncipe, no.
-No está mal -dijo Debray-, pero para cualquier otro podría pasar por tal, yo le he visto en casa de los ministros.
-¡Ah!, sí -dijo Chateau-Renaud-, ¡como si vuestros ministros conociesen a los verdaderos nobles!
-Hay mucho de verdad en lo que acabáis de decir, Chateau-Re naud -respondió Beauchamp echándose a reír-; la frase es corta, pero agradable. Os pido permiso para usar de ella cuando dé cuenta a mis lectores de lo que ha sucedido.
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