El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.904
Indice General
|
Volver
Página 904 de 970
La señora de Villefort lanzó un grito horrible, un terror espantoso se dejó ver en sus desencajadas facciones.
-¡Oh!, no temáis el cadalso. No quiero deshonraros, porque sería deshonrarme. Al contrario, si me habéis entendido, debéis comprender que no estáis destinada a morir en el patíbulo.
-No os comprendo, ¿qué queréis decir? -balbució la desgraciada mujer, completamente aterrada.
-Quiero decir que la mujer del primer magistrado de la capital no cubrirá de oprobio un nombre sin mancilla, y no deshonrará a la vez a su marido y a su hijo.
-¡No!, ¡oh!, ¡no!
-Pues bien, haréis una buena acción, y os doy por ello las gracias.
-Me dais las gracias, ¿de qué?
-De lo que habéis dicho.
-¿Y qué he dicho? Yo me vuelvo loca. No comprendo nada. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Y se levantó con el cabello suelto y los labios llenos de espuma.
-¿Habéis respondido, señora, a la pregunta que os hice al entrar aquí, dónde está el veneno de que os servís corrientemente?
La señora de Villefort levantó los brazos al cielo y juntó convulsivamente las manos.
-No -vociferó-, no queréis eso...
-Lo que no quiero, señora, es que acabéis en el cadalso, ¿me oís?
-¡OhL, señor, piedad.
-Lo que quiero es que se haga justicia. Estoy en el mundo para castigar, señora -añadió con una mirada encendida-. A cualquier otra mujer, aunque fuese una reina, la enviaría al verdugo. Pero con vos quiero ser misericordioso, y os digo, señora, habéis guardado algunas gotas del veneno más seguro?
-¡Oh!, perdonadme, dejadme vivir.
-¡Cobarde! -dijo Villefort.
-Pensad que soy vuestra esposa.
-¡Sois una envenenadora!
-En nombre del cielo!
-¡No!
-¡Por el amor que me habéis profesado siempre!
-¡No!, ¡no!
-iPor mi hijo, por nuestro hijo, dejadme vivir!
-No, no, no, os digo; si os dejase vivir le envenenaríais algún día como a los demás.
-¡Yo! ¡Matar a mi hijo! -gritó aquella madre salvaje arrojándose sobre Villefort-, ¡matar a mi Eduardo! ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!
Una sonrisa infernal, de demonio, de demente, terminó la frase y se perdió en un ronco suspiro.
La señora de Villefort cayó a los pies de su marido.
Escuchaba temblando, aterrada. Sólo había vida en sus ojos, y éstos ocultaban un fuego terrible.
-Pensad en ello, os digo. Si a mi vuelta no lo habéis hecho, os denuncio con mis propios labios, os prendo con mis propias manos.
Villefort se acercó aún más a ella.
-¿Me entendéis? -le dijo-, voy allá abajo a pedir la pena de muerte contra un asesino... Si os encuentro viva a la vuelta, dormiréis esta noche en la Conserjería.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
901
902
903
904
905
906
907
908
909
910
911
912
913
914
915
916
917
918
919
920
921
922
923
924
925
926
927
928
929
930
931
932
933
934
935
936
937
938
939
940
941
942
943
944
945
946
947
948
949
950
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-700
701-750
751-800
801-850
851-900
901-950
951-970
|