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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.902

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mujer. La señora de Villefort se hallaba sentada en una otomana, hojeando con impaciencia los periódicos y
folletos que Eduardo se entretenía en hacer pedazos antes de que su madre hubiese acabado su lectura. Estaba completamente vestida para salir. Tenía el sombrero sobre una silla y puestos los guantes. -¡Ah!, ¿estáis aquí? --dijo con una voz natural y tranquila-. ¡Dios mío!, ¡estáis muy pálido! ¿Habéis
trabajado toda la noche? ¿Por qué no habéis venido a almorzar con nosotros? ¡Y bien!, ¿voy con vos, o sola con Eduardo? La señora de Villefort había multiplicado las preguntas para obtener una respuesta, pero el señor de
Villefort estaba mudo y frío como una estatua. -Eduardo -dijo Villefort fijando en el niño una mirada imperio sa-, id a jugar al salón, amigo mío, es preciso que hable a vuestra madre. La señora de Villefort, viendo aquella frialdad y tono resuelto, tembló sin saber la causa de aquellos preámbulos. Eduardo levantó la cabeza, miró a su madre, y viendo que no confirmaba la orden de Villefort, volvió a
jugar con sus soldados de plomo. -Eduardo -dijo el señor de Villefort tan ásperamente que el chico saltó sobre la silla-, ¿me oís?, id. El niño, que no estaba acostumbrado a que le tratasen con tanta severidad, se levantó pálido, no
sabríamos decir si de cólera o de miedo. Su padre se acercó a él, le tomó por un brazo y le dio un beso en la frente. -Vete, hijo mío-dijo-, vete. Eduardo salió de la estancia. El señor de Villefort se dirigió a la puerta y pasó el cerrojo. -¡Oh, Dios mío! -dijo la joven mirando a su marido, y procurando esbozar una sonrisa que heló sobre
sus labios la impasibilidad de Villefort-. ¿Qué ocurre?
-Señora, ¿dónde guardáis el veneno de que os servís comúnmente? -dijo claramente y sin preámbulos el magistrado, colocándose entre su mujer y la puerta.
La señora de Villefort sintió lo que una tórtola a la que un milano hinca las garras en la cabeza.
De su pecho brotó un sonido ronco, que no era tú grito ni suspiro, y palideció hasta ponerse lívida.
-Señor-dijo-, yo... no os comprendo.
Y como herida por un accidente mortal, se dejó caer sobre el sofá.
-Os pregunto -repitió Villefort con una voz completamente tranquila-, en qué sitio ocultáis el veneno con el que habéis matado a mi suegro, el señor de Saint-Merán, a mi suegra, a Barrois y a mi hija Valentina.
-¡Ah!, señor -dijo la señora de Villefort-, ¿qué decís?
-No os corresponde preguntar, sino responder.
-¿Al juez o al marido? -balbució la señora de Villefort.
-¡Al juez!, señora, ¡al juez!


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