El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.901
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Dejó caer la cabeza sobre el pecho y dio unas cuantas vueltas por el despacho. Finalmente, se arrojó vestido sobre un sofá, menos para dormir que para que descansasen sus fatigados miembros.
Poco a poco se despertaron todos. Villefort oyó desde su despacho los diferentes ruidos que constituyen, por decirlo así, la vida de una casa, las puertas, puestas en movimiento, y el sonido de la campanilla de la señora de Villefort, que llamaba a su doncella, y los primeros gritos del niño, que se levantaba alegre, como sucede siempre a su edad.
Villefort tiró de su campanilla. Su nuevo ayuda de cámara entró y le trajo los periódicos.
Al mismo tiempo, le presentó también una taza de chocolate.
-¿Qué me traes ahí? -preguntó Villefort.
-Una taza de chocolate.
-No la he pedido. ¿Quién se ha ocupado de mí?
-Ha dicho la señora que el señor debería hablar mucho hoy ante el jurado, y que necesitaba tomar
fuerzas. Y puso sobre una mesa que había junto al sofá, llena de papeles como todas las demás, la taza de plata. Villefort contempló un momento la taza con aire sombrío, tomóla en seguida con un movimiento
nervioso, y bebió de una sola vez su contenido. Hubiérase dicho que esperaba contuviese el mortal veneno, que llamando a la muerte, le libertara de cumplir con un deber más penoso aún que morir. Levantóse en seguida, y empezó a pasear por el despacho con una sonrisa que hubiera espantado al que lo hubiera estado contemplando.
El chocolate era inofensivo, y el señor Villefort nada sintió.
Llegó la hora del almuerzo, y el señor Villefort no se presentó a la mesa.
El ayuda de cámara entró en el despacho.
-La señora dice que son las once, y la audiencia empieza a mediodía.
-Y bien -dijo Villefort -, ¿y luego?
-La señora está vestida, y pregunta si acompañará al señor.
-¿Adónde?
-Al Palacio de Justicia.
-¿Para qué?
-Dice la señora que desea asistir a esta sesión.
-¡Ah! -dijo Villefort con un acento espantoso-, ¿lo desea?
El criado dio un paso atrás y dijo:
-Si el señor quiere salir solo, iré a decirlo a la señora.
Villefort permaneció un instante silencioso; con sus uñas rascaba su pálida mejilla y retorcía su barba
de ébano. -Decid a la señora que d eseo hablarle, y que le ruego me espere en su cuarto. -Sí, señor. -Después volveréis para afeitarme y vestirme. -Al instante. El ayuda de cámara fue a cumplir su encargo, y volvió al momento, afeitó a Villefort, y le vistió
completamente de negro. Cuando concluyó le dijo: -La señora ha dicho que esperaba. -Voy. Villefort, con los extractos bajo el brazo y el sombrero en la mano, se dirigió a la habitación de su
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