El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.894
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Cuando hubo dado fin a su aseo, se acercó a la reja de la cantina, contra la que estaba recostado el guardián.
-Veamos -le dijo-, prestadme sólo veinte francos, que pronto os los devolveré. Conmigo no arriesgáis nada. Pensad que tengo parientes que poseen más millones que cuantos tenéis vos. Pronto, prestadme esos veinte francos, necesito comp rar algunas cosas, padezco horriblemente de verme todo el día con frac y botas... ¡Qué frac para un príncipe Cavalcanti!
E1 guardián le volvió la espalda y se encogió de hombros. No se rió de aquellas palabras, que habrían hecho gracia a otro cualquiera porque aquel hombre había oído muchas semejantes, o mejor dicho, siempre oía las mismas cosas.
-Idos de aquí -dijo Cavalcanti-, sois hombre de cruel corazón y os haré perder vuestro destino.
Aquellas palabras hicieron volver la cara al guardián, que soltó una carcajada.
Los presos se acercaron y formaron un corro.
-Os aseguro que con esa pequeña cantidad podría comprar una bata y obtener un cuarto particular para
recibir dignamente la ilustre visita que espero de un día a otro. -¡Tiene razón! ¡Tiene razón! -exclamaron los demás presos-, bien se ve que es hombre de importancia. -Prestadle, entonces, los veinte francos -dijo el guardián apoyándose contra la reja-. ¿Por ventura no
debéis hacer ese favor a un camarada? -Yo no soy camarada de esas gentes -dijo con altivez el joven-, no me insultéis, porque no tenéis ese
derecho. -¿Lo oís? -dijo el guardián con una maligna sonrisa-, os trata bien, prestadle los veinte francos..., ¿eh? Los presos se miraron con un murmullo - sordo, y una tempestad levantada por la provocación del
guardián más aún que por las palabras de Cavalcanti empezó a formarse contra el preso aristócrata. El guardián, seguro de poder hacer el Quos ego, cuando las olas fuesen demasiado fuertes, las dejó
crecer poco a poco, representando el papel del pretendiente importuno para divertirse luego un buen rato. Los ladrones se acercaban ya a Cavalcanti, y los unos decían: -¡El zapato!, ¡el zapato! Cruel operación, que consiste en azotar, no con una chinela, sino con un zapato lleno de clavos, al que
cae en desgracia.
Otros eran de opinión que sufriese la anguila, género de diversión que consiste en llenar de arena, de chinas y monedas, cuando las tienen, un pañuelo, torcerlo, y descargar golpes en la cabeza y en las espaldas de la víctima.
-Azotemos al hermoso caballero -dijeron otros-, ¡al hombre de bien!
Pero Cavalcanti se volvió hacia ellos, guiñó los ojos, infló la mejilla con la lengua, a hizo oír un sonido
con los labios, que equivale a mil signos de inteligencia entre los bandidos y les obliga a callarse.
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