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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.891

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¡Si muero...!, bien, entonces morid si queréis, y vuestras desgracias tendrán un término en su exceso mismo.
-Bien -respondió Mercedes con noble y elocuente mirada-, tienes razón, hijo mío, probemos a ciertas personas que nos observan y esperan nuestros actos para juzgarnos. Probémosles que somos dignos de compasión.
-Pero nada de ideas tristes, querida madre -dijo el joven-, os juro que somos dichosos en lo que cabe. Sois una persona de talento y resignación. Yo he simplificado mis gustos y no tengo necesidades; una vez en el servicio, ya soy rico. Cuando hayáis llegado a casa del señor Dantés, estáréis tranquila. ¡Probemos! ¡Os lo ruego, madre mía! ¡Probemos!
-Sí, hijo mío, porque tú debes vivir para ser aún dichoso -respondió Mercedes.
-Así, he aquí nuestras particiones hechas -dijo el joven afectando gran serenidad-. Podemos partir hoy mismo. Retengo, como he dicho, vuestro asiento.
-Pero ¿y el tuyo, hijo mío?
-Debo permanecer dos o tres días aquí, madre mía. Esto será un principio de separación, y debemos acostumbrarnos a ella. Pre ciso de algunas recomendaciones y adquirir ciertas noticias sobre África. Nos veremos en Marsella.
-Pues bien, sea -dijo Mercedes poniéndose un chal, único que había traído y que por casualidad era un cachemira negro de gran precio -, partamos.
Alberto recogió sus papeles, llamó para pagar los treinta francos que debía al amo de la casa, y ofreciendo el brazo a su madre bajó la escalera.
Alguien bajaba delante de ellos, y esa persona, al oír el crujido de un vestido de seda, volvió la cabeza.
-¡Debray! -murmuró Alberto.
-Vos, Alberto -respondió el secretario del ministro deteniéndose en el escalón en que estaba.
Pudo más en él la curiosidad que el deseo de guardar el incógnito, a más de que ya le habían conocido.
Parecía curioso, en efecto, encontrar en aquella casa ignorada al joven cuya aventura había hecho tanto ruido en París.
-Morcef -repitió Debray.
Y viendo en la oscuridad el talle, joven aún, y el velo negro de la señora de Morcef:
-¡Oh!, disculpadme-añadió-, os dejo, Alberto.
Este conoció la idea.
-¡Madre mía! -dijo volviéndose a Mercedes-, es el señor Debray, secretario del ministro del Interior y mi ex amigo.
-¡Cómo! -balbució Debray-, ¿qué queréis decir con eso?
-Digo esto porque hoy ya no tengo amigos y no debo tenerlos; os doy gracias por haber tenido la bondad de reconocerme, caballero.
Debray subió dos escalones y fue a dar afectuosamente la mano a su interlocutor.
-Creedme, mi querido Alberto -dijo con toda la emoción de que era capaz-, creedme, he sentido mucho vuestras desgracias, y en todo y por todo estoy a vuestra disposición.


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