El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.889
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De Lyon a Avignon, lo mismo, dieciséis francos 16 »
De Avignon a Marsella, ídem, siete francos . 7 »
Gastos durante el viaje, cincuenta francos 50 »
_______
Total 114 »
-Pongamos ciento veinte. Veis que soy generoso, ¿verdad, madre mía? -añadió sonriéndose. -¿Pero y tú, mi pobre hijo?
-¡Yo!, no os preocupéis. Me reservo ochenta francos. Un joven, madre mí a, no tiene necesidad de
tantas comodidades, y además sé lo que es viajar. -Sí, con lo silla de posta y lo ayuda de cámara. -No importa, madre mía. -Pues bien, sea -dijo Mercedes-, ¿pero y esos doscientos francos? -Helos aquí, y otros doscientos más. He vendido mi reloj y mis sellos en cuatrocientos francos. Somos
ricos, pues en lugar de ciento catorce francos que necesitáis para vuestro viaje, tenéis doscientos
cincuenta. -¿Pero debemos algo en esta casa? -Treinta francos, que voy a pagar de mis ciento cincuenta, y puesto que sólo necesito ochenta para el
camino, veis que estoy nadando en la abundancia.
Y Alberto sacó una pequeña cartera con broches de oro, restos de su anterior opulencia, o quizá tierno recuerdo de una de aquellas mujeres misteriosas, que cubiertas con un velo llamaban a la puerta escondida. La abrió y mostró un billete de mil francos.
-¿Qué es eso? -inquirió Mercedes.
-Mil francos, madre mía. ¡Oh!, es muy bueno.
-Pero ¿de dónde tienes tú mil francos?
-Escuchad y no os conmováis.
Alberto se levantó, besó a su madre en ambas mejillas, y se puso a mirarla fijamente.
-No tenéis idea, madre mía, de cuán hermosa os encuentro -dijo el joven con un profundo sentimiento
de amor filial-, sois la más bella, como la más noble de cuantas mujeres he conocido. -¡Hijo querido! -dijo Mercedes, procurando retener una lágrima que asomaba a sus ojos. -En verdad, sólo os faltaba ser desgraciada para cambiar mi amor en adoración. -No soy desgraciada, puesto que tengo a mi hijo -dijo Mercedes-, y no lo seré mientras siga teniéndolo. -¡Ah!, precisamente, ved donde empieza la prueba, ¡madre mía!, sabéis que es cosa convenida. -¿Hemos convenido algo? -preguntó Mercedes. -Sí; en que viviréis en Marsella, y yo iré a África, donde en lugar del nombre que he dejado, me crearé
uno, honrando, el que he escogido. Mercedes exhaló un suspiro. -Pues bien, querida madre, desde ayer que estoy enganchado en los spahis -añadió el joven bajando los
ojos con cierta vergüenza, porque ignoraba cuán sublime era rebajándose-, o más bien he creído que mi cuerpo era mío y que podía venderlo. Desde ayer reemplazo a uno. Me he vendido, como dicen, más caro de lo que yo creía valer -añadió procurando sonreírse-, es decir, por dos mil francos.
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