El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.880
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-¿Y me decís aún que espere?
-Te lo digo, porque conozco un medio para curarte.
-Conde, me entristecéis más, veis solamente en mi dolor un dolor vulgar, y queréis curarme con un remedio igual, el de hacerme viajar.
Y Morrel movió la cabeza con desdeñosa incertidumbre.
-¿Qué quieres que lo diga? Tengo confianza en mis promesas, déjame hacer el experimento.
-Conde, prolongáis mi agonía, y he aquí todo.
-Así -dijo el conde-, lo débil corazón no quiere conceder unos días a un amigo para la prueba que intenta hacer. ¿Sabes tú de lo que el conde de Montecristo es capaz? ¿Sabes que da órdenes a muchos poderosos de la tierra? ¿Sabes que tiene bastante confianza en Dios para obtener un milagro de aquel que ha dicho que con la fe puede el hombre mover una montaña? Pues bien, ese milagro, yo lo espero, o si no...
-Si no -repitió Morrel.
-Cuidado, Morrel, lo llamaría ingrato.
-Tened piedad de mí, conde.
-Escúchame, Maximiliano. Tengo tanta, que si no lo curo dentro de un mes, día por día, hora por hora, yo mismo lo colocaré delante de dos pistolas cargadas y de una copa del más sutil veneno de Italia, de un veneno, créeme, más pronto y más seguro que el que ha muerto a Valentina.
-¿Me lo prometéis?
-Sí, porque soy hombre, porque he sufrido, y porque, como lo he dicho también, he querido morir, y muchas veces, después que el infortunio se ha alejado de mí, he soñado con las delicias del sueño eterno.
-¡Oh!, ¿me prometéis esto ciertamente, conde?
-Te lo prometo y lo juro -dijo Montecristo alargando el brazo.
-Dentro de un mes, si no me he consolado, ¿me dejáis en libertad para disponer de mi vida, y haga lo que hiciere, no me llamaréis ingrato?
-En un mes, día por día, hora por hora, y la fecha es sagrada, Maximiliano, no sé si has pensado en ello, pero estamos en 5 de septiembre, y hace diez años que salvé a lo padre, que también quería
morir.
Morrel cogió las manos del conde y las besó. Este le dejó hacer como si comprendiese que aquella muestra de adoración se le debía.
-Dentro de un mes tendrás en una mesa, a la que estaremos sentados los dos, buenas armas y una muerte dulce, pero hasta entonces prométeme esperar y vivir.
-¡Oh! -dijo Morrel-, os lo juro.
Montecristo atrajo al joven sobre su pecho y le estrechó contra su corazón.
-Desde ahora -le dijo- vienes a vivir conmigo, ocuparás la habitación de Haydée, mi hijo reemplazará a mi hija.
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