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El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.875

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-¿Vuestras pistolas al lado de la escribanía? -dijo, señalando a Morrel-. ¿Las armas puestas sobre la mesa?
-Voy de viaje-respondió con despecho Maximiliano.
-¡Amigo mío! -le dijo el conde de Montecristo con una dulzura infinita.
-¿Señor?
-Amigo mío, mi querido Maximiliano, nada de decisiones extre madas, os lo ruego.
-¡Yo! -respondió Morrel encogiéndose de hombros-, pues qué, ¿mi viaje es una resolución extremada?
-Maximiliano, dejemos a un lado la máscara que llevamos, no me engañáis con vuestra fingida calma, como tampoco os engaño yo con mi frívola solicitud. Bien conocéis que para haber roto los cristales y violado el secreto de vuestro cuarto, conocéis, digo, que es necesario tenga una inquietud verdadera o mejor una convicción terrible. Morrel, ¿vos queréis suicidaros?
-¡Bueno! -dijo Morrel-. ¿Qué idea es la vuestra?
-Os digo que queréis mataros -continuó el conde con la misma voz-, y he aquí la prueba -y acercándose a la mesa levantó un pliego blanco que el joven había puesto sobre lo que escribía, y tomó la carta empezada.
Morrel se abalanzó hacia él para arrancársela de las manos, pero Montecristo, adivinando el movimiento, cogió el brazo de Maximiliano y le detuvo con mano de hierro.
-Bien veis que queríais mataros, Morrel, ¡está escrito!
-¡Y bien! -dijo Morrel pasando de repente de la apariencia de la tranquilidad a la expresión de violencia-, ¡y bien!, aun cuando así fuera, aun cuando volviese contra mí el cañón de una pistola, ¿quién me lo impediría? ¿Quién tendría valor para impedírmelo? Cuando diga: todas mis esperanzas se han concluido, mi corazón está muerto, aborrezco la vida, no hay más que duelos y disgustos alrededor de mí, la tierra se ha convertido en cenizas, una voz humana es cosa que desgarra mi alma. Al decir: es piedad dejarme morir, porque si no perderé la razón, me volveré loco; decidme, cuando diga esto y vean que lo digo con las angustias y lágrimas del corazón, me responderán: no tenéis razón, ¿o me impedirán el dejar de ser desgra ciado? Decidme, ¿tendríais valor para ello?
-Sí, Morrel -dijo Montecristo, cuya voz sosegada formaba un singular contraste con la exaltación del joven.
-Vos -dijo Morrel con una expresión infinita de cólera-, vos que habéis alimentado en mí una esperanza absurda, que me habéis alentado con vuestras vanas promesas, cuando por algún golpe o una resolución violenta yo hubiera podido salvarla, o al menos verla mo rir en mis brazos. Vos que afectáis poseer todos los recursos de la inteligencia, todo el poder de la materia, que pretendéis desempeñar en la tierra el papel de la Providencia, y que no habéis podido dar un contraveneno a la infeliz.


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