El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.870
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-Ayer hice registrar el acta de donación.
-¿Y cuánto poseían?
-No mucho, un millón doscientos o trescientos mil francos. Pero volvamos a nuestros millones.
-Con mucho gusto -dijo el banquero con la mayor naturalidad-. ¿Ese dinero os urge mucho?
-Sí, el arqueo se efectúa mañana.
-Mañana, ¿y por qué no me lo dijisteis antes? ¿Y a qué hora es ese arquco?
-Alas dos.
-Enviad a las doce -dijo Danglars con amable sonrisa.
El señor de Boville apenas res pondía. Decía que sí con la cabeza y daba vueltas a la cartera.
-Pero, ahora que recuerdo, haced más.
-¿Qué queréis que haga?
-El recibo del señor de Montecristo es dinero contante. Pasadle a Rothschild o Laffitte y os lo tomarán al instante.
-¡Cómo! ¿Pagadero en Roma?
-Desde luego, os costará sólo un descuento de cinco o seis mil francos a lo sumo.
El receptor dio un salto atrás.
-¡Porvida mía! Prefiero esperar a mañana. ¿Cómo vais a...?
-He creído por un momento, perdonadme -dijo el banquero con una imprudencia sin igual-, he creído que tendríais algún pequeño déficit que llenar.
-¡Ah! -dijo Boville.
-Escuchad. No sería la primera vez que tal cosa ocurriera, y en ese caso se hace un sacrificio.
-Gracias a Dios, no.
-Entonces, hasta mañana, ¿no es verdad, mi querido receptor?
-Sí; hasta mañana, pero sin falta.
-¡Qué! ¿Os burláis? Enviad a mediodía, y el banco estará ya avisado.
-Vendré yo mismo.
-Mejor aún, porque eso me proporcionará el placer de volver a veros.
Y se estrecharon la mano.
-A propósito. ¿No habéis ido al entierro de esa pobre señorita de Villefort, que en este momento tiene lugar?
-No ---dijo el banquero-, pesa sobre mí el ridículo del suceso de Benedetto, y no salgo.
-¡Bah!, no tenéis razón. ¿Qué culpa tenéis de ello?
-Amigo mío, cuando se lleva un nombre sin tacha como el mío, se es muy susceptible.
-Todo el mundo os compadece, creedlo, y más aún, a la señorita, vuestra hija.
-¡Pobre Eugenia! -dijo el banquero, dando un profundo suspiro-. ¿Sabéis que ingresa en un convento?
-No.
-Pues desgraciadamente es así. Al día siguiente se decidió a partir con una amiga suya, religiosa ya, y va a buscar un convento severo en Italia o España.
-¡Oh! Es terrible.
Y el séñor de Boville se retiró al hacer esta exclamación, cumplimentando al barón.
Mas apenas hubo salido, cuando Danglars, con un gesto enérgico, que comprenderán solamente los que hayan visto a Frederik repre sentar el Robert Hacaire, exclamó:
- ¡Imbécil!Y guardando el recibo del conde en su cartera, añadió:
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