El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.868
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-Perdonad, señor conde, perdonad.
-¿Puedo, pues, guardar este dinero?
-Sí, guardadlo -dijo Danglars enjugando el sudor de su frente.
-Bien; pero reflexionad. Si os arrepentís, todavía estáis a tiempo.
-No -dijo Danglars-; guardad mis firmas, pero, como sabéis, nadie es tan amigo de formalidades como el hombre de negocios. Destinaba esa suma a los hospicios, y hubiera creído robarles no dándoles precisamente ésa. ¡Como si un escudo no valiese tanto como otro! ¡Dispensadme!
Y empezó a reír estrepitosamente.
-Ya estáis dispensado -respondió amablemente el conde de Montecristo.
Y colocó los billetes en su cartera.
-Pero -dijo Danglars-, tenemos aún una cantidad de cien mil francos.
-¡Oh!, bagatelas -dijo Montecristo-. El corretaje debe ascender poco más o menos a esa suma. Guardadla y estamos en paz.
-Conde-dijo Dangla rs-, ¿habláis en serio?
-Jamás me chanceo con los banqueros -dijo el conde con una seriedad que rayaba en impertinencia.
Y se dirigió a la puerta en el momento en que el ayuda de cámara anunciaba:
-El señor de Boville, receptor general de hospitales.
-¡Por vida mía! -dijo Montecristo-, parece que llegué a tiempo para gozar de vuestras firmas. Se las disputan.
Danglars palideció otra vez y dióse prisa a separarse de Montecristo .
El conde saludó muy cortésmente al señor de Boville, que aguardaba en el salón y fue introducido inmediatamente en el despacho del banquero.
El rostro grave del conde se iluminó con una rápida sonrisa al ver la cartera que tenía en la mano el receptor de hospitales.
Encontró en la puerta su carruaje y se hizo conducir inmediatamente al banco.
Danglars, entretanto, reprimiendo su emoción, salió al encuentro del receptor general.
No es necesario decir que le recibió con la sonrisa en los labios y un semblante el más halagüeño.
-Buenos días -dijo-, mi querido acreedor, porque creo que tal es el que ahora se presenta.
-Habéis adivinado, señor barón -dijo el señor de Boville -, los hospitales acuden a veros en mi persona. Las viudas y los huérfanos vienen por mis manos a pediros una limosna de cinco millones.
-¡Y dicen que los huérfanos son dignos de lástima! -respondió Danglars, prolongando la broma-, ¡pobres niños!
-Pues heme aquí en su nombre -dijo Boville-. ¿Recibisteis mi carta de ayer?
-Sí.
-Pues aquí tenéis mi recibo.
-Mi querido Boville -dijo el banquero-, vuestras viudas y vuestros huérfanos tendrán, si queréis, la bondad de aguardar veinticuatro horas, porque el señor de Montecristo, que habéis visto salir de aquí ahora..., ¿le habéis visto?
-Sí, ¿y qué?
-El señor de Montecristo se lleva sus cinco millones.
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